TRABAJO OBLIGATORIO 07 al 24 de marzo: Géneros, diversidad sexual y salud mental
Recuperamos la categoría proceso salud-enfermedad-atención, la cual permite pensar una diversidad de fenómenos alrededor de los eventos de salud-enfermedad como procesos sociales y simbólicos que se desarrollan en contextos históricos específicos. Esto implica, en términos analíticos, considerar las diferenciaciones y desigualdades que se producen al interior de estos procesos. Entre esas desigualdades, hicimos hincapié en las desigualdades de género y en los efectos del patriarcado, dado que imprimen particularidades en los modos de enfermar, morir y cuidar la salud por parte de los sujetos, afectando de manera significativa la salud mental de las personas, especialmente de mujeres y diversidades sexo-genéricas.
La perspectiva de género ofrece una mirada que enriquece el análisis de los eventos de salud porque contribuye a desentrañar las relaciones de poder que los configuran. En este sentido, el patriarcado no solo influye en la desigual distribución de recursos y oportunidades para el acceso a la salud, sino que también opera en la patologización de identidades y experiencias que se alejan de la norma hegemónica, generando procesos de exclusión, estigmatización y violencia simbólica que tienen un impacto directo en el bienestar psíquico de las personas.
Preocupados por dar cuenta de las disputas, disensos y consensos, y enfocados en recuperar la agencia individual y colectiva, recuperamos la categoría/noción de hegemonía. Atentos a la polisemia del concepto, consideramos que esta noción remite al proceso constitutivo de las relaciones sociales que suponen complejas y diversas formas de ejercicio del poder, las cuales son continuamente recreadas, defendidas, modificadas y renovadas, dado que son desafiadas, resistidas, limitadas y alteradas por los sujetos y movimientos sociales que cuestionan el orden patriarcal y luchan por el reconocimiento de derechos en materia de salud mental y bienestar integral.
Asimismo, consideramos la necesidad de situar los procesos de salud-enfermedad-atención en relación con los procesos de control social y, en particular, en relación con la medicalización de ciertas experiencias subjetivas. En sociedades como la nuestra, el sistema médico y psiquiátrico ha operado históricamente como un dispositivo de regulación social que ha reforzado desigualdades de género y ha legitimado discursos patologizantes sobre identidades y orientaciones sexuales no normativas.
En relación con los procesos de reproducción social y de control, ubicamos las instituciones del Estado, lo cual permite (entre otras cuestiones) considerar acciones y omisiones en materia de políticas públicas. Reflexionar sobre estas cuestiones es crucial para avanzar en la construcción de modelos de atención en salud mental que sean inclusivos, libres de violencia y respetuosos de la diversidad de experiencias y subjetividades
LECTURAS Y VIDEO OBLIGATORIOS:
- Lea el artículo Proceso salud-enfermedadatención desde una perspectivade género: una propuestaconceptual para su análisis. de Pagnamento, Licia Viviana; Weingast, Diana Beatriz; Caneva, Hernán; Castrillo, Belén; Hasicic, Cintia; Specogna, Mariana (2016). IX Jornadas de Sociología de la UNLP, 5, 6 y 7 de diciembre de 2016, Ensenada, Argentina.
- Lea el texto: Una aproximación a la genealogía de los feminismos para profesionales de la salud, de María Teresa Climent Clemente, publicado en Revista Ätopos, Mayo de 2019
- Lea el texto SALUD MENTAL Y GÉNEROS | APORTES PARA LA REFLEXIÓN Y EL DEBATE. de Cecilia Fernández Lisso, publicado en la página de INDEP Salud de la ATE ( Asociación de Trabajadores del Estado, Argentina)
- Lea el texto: POR UNA NUEVA SOLIDARIDAD CONTRA LA VIOLENCIA, de Judith Blutter, extracto de su Libro Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy (Taurus), que se publicó el 9 de julio de 2020.
LECTURA Y VIDEOS COMPLEMENTARIOS
- Vea el video de la Conferencia de Rita Segato "Examinando el mandato de la masculinidad y sus consecuencias" Universidad Nacional Autónoma de Mexico.
- Lea sumariamente el libro Historia,de lo Trans, las raices de la revolución de hoy, de Susan Stryker, publicado en 2017.
- Lea el Texto Fundamentos de la masculinidad contrahegemónica: la constitución de la personalidad y la forma ideológica de Eduardo Kawamura, Capítulo en libro Género en perspectiva de derechos. Propuestas y posibilidades para la justicia social, Ed. Le Monde Diplomatique Chile, 2021
- Lea el número especial SECCION TEMATICA de la Revista PSICOPERSPECTIVAS Vol. 17, No. 1 (2018) Diversidades sexuales y de género: Lógicas y usos en la acción pública
- Lea: Género, regulación social ysubjetividades. Asimilaciones, complicidades y resistencias en torno a la loca (el manicomio provincial de Málaga, 1920-1950)*. Artículo escrito por Celia García Díaz e Isabel Jiménez Lucena. Publicado en FRENIA, Vol. X-2010, 123-144, ISSN: 1577-7200
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La reflexión que nos toca hacer este mes trata fundamentalmente sobre las complejidades históricas y actuales que ha tenido el movimiento feminista, estructurado en varios puntos clave según cada lectura otorgada.
ResponderEliminarComo primer punto Judith Butler es mencionada como referencia para entender cómo las jerarquías de valor afectan la percepción de la pérdida en el contexto de la desigualdad social. Una idea central es que la sociedad tiende a considerar solo ciertas vidas como dignas de ser lloradas (al momento del duelo), lo cual perpetúa la injusticia hacia las generaciones más vulnerables. Siendo el Feminicidio una muestra clara de la desigualdad de género, manifestándose no solo a través del asesinato, sino también en la cultura del miedo que afecta a mujeres y personas trans. Se propone el entendimiento de esta violencia como parte de un sistema que reproduce y perpetúa la opresión masculina. La crítica a esta violencia incluye una descomposición de los factores que la sustentan.
Por otro lado, se identifican distintas olas del feminismo a través de la historia universal. La primera ola, representada por el feminismo ilustrado, encuentra sus raíces en el siglo XVIII, donde mujeres como Olimpia de Gouges abogaron por la inclusión de mujeres en los derechos ciudadanos tras la Revolución Francesa. En la segunda ola, figuras como Simone de Beauvoir y Emmeline Pankhurst emergen con su lucha por el sufragio y la igualdad en el ámbito laboral, marcando un cambio en la conciencia colectiva sobre los derechos de las mujeres.
Luego se evidencia el feminismo contemporáneo: La tercera y cuarta ola del feminismo se exploran bajo la influencia de movimientos recientes y el impacto de las redes sociales. Se señala que, a partir de 2016, movimientos como el de “Ni Una Menos” han potenciado una movilización masiva en respuesta a la violencia de género. Este fenómeno también enfrenta desafíos, como las reacciones patriarcales que buscan deslegitimar el activismo feminista.
Otro asunto relevante tratado en los documentos es la crítica a la concepción tradicional de los derechos humanos, que a menudo ha excluido las voces diversas y ha perpetuado un modelo de universalidad que ignora las diferencias de género, raza o clase. La necesidad de incluir estas diferencias en los derechos humanos es a mi parecer un punto esencial para avanzar hacia una verdadera equidad en la sociedad.
Los textos nos invitan a pensar y repensar la lucha por la justicia social e igualdad en el amplio sentido. Resaltan la necesidad de un feminismo que abrace su diversidad, atendiendo a las intersecciones de raza, clase y sexualidad (sin dejar a atrás población migrante ni infancias).
En lo personal tuve la suerte de crecer en un ambiente que no coartaba mis inquietudes ni ambiciones por ser una niña, y que me alentaba a convertirme en quien yo quisiera. Sin embargo, poco de esto veo en mis pacientes al 2025, donde aun se perpetúan estereotipos de género y es necesario reforzar permanentemente cosas tan básicas pero importantes como “mi cuerpo es mío”, “no es no” y “es mi decisión”. Me cuesta pensar que niñas abusadas en todo sentido al crecer puedan pensar que pueden convertirse en quienes quieran sin dejar el trauma atrás, considero que nos toca trabajar desde lo básico aun (desde el que “no nos maten” incluso), prevenir que niñas y poblaciones vulnerables sean sujetos a acoso. Y con ese piso asegurado, seguir trabajando con enfoque de género.
Francisca tu comentario me hizo reflexionar bastante ya que aporta un análisis profundo sobre las complejidades históricas y actuales del movimiento feminista, destacando la importancia de comprenderlo desde sus diversas aristas: los diferentes momentos históricos, la violencia que enfrenta y las intersecciones que lo enriquecen. Me parece sumamente valioso que resaltes tanto el impacto del feminicidio y la cultura del miedo en mujeres y personas trans, como la necesidad de una aproximación al feminismo que abarque las múltiples intersecciones de género, raza, clase, migración e infancias.
EliminarEl marco que planteas en torno a Judith Butler y su reflexión sobre qué vidas son consideradas dignas de duelo toca un punto crucial que subyace a los sistemas de opresión: la invisibilización de ciertas experiencias y la deshumanización de ciertos cuerpos, especialmente femenina y trans, como una forma de perpetuar el dominio masculino. Este enfoque recuerda que la lucha por la igualdad no solo trata de la obtención de derechos o espacios, sino también de transformar radicalmente la percepción social sobre el valor intrínseco de cada vida ya que si estos se mantienen a pesar de existir leyes que intentan proteger, las situaciones de violencia y discriminación se mantendrán.
Algo que considero muy relevante de tu reflexión es el énfasis en las vulnerabilidades actuales, especialmente en niñas y adolescentes, y cómo las normalizaciones de estereotipos de género y la violencia sexual impiden que muchas puedan concebir un futuro en el que puedan ser quienes deseen. Lo ilustras con claridad al mencionar lo que todas las niñas deberían tener: libertad para crecer y soñar sin limitaciones impuestas por el género. Sin embargo, como bien señalas, muchas niñas no cuentan con ese privilegio debido al trauma del abuso, el acoso y la desigualdad estructural, lo que desafía nuestra labor como sociedad a construir una base sólida donde la violencia no sea el punto de partida.
También estoy de acuerdo con tu llamado a comenzar desde lo más básico, a garantizar derechos fundamentales como la seguridad, la autonomía sobre el cuerpo y la educación en el consentimiento. Es desgarrador pensar que aún en nuestro tiempo debemos recalcar consignas clave como “mi cuerpo es mío” y “no es no”, pero es precisamente desde esa base que se puede construir el verdadero cambio. Es necesario proteger a las niñas y poblaciones vulnerables y, al mismo tiempo, continuar trabajando con un enfoque de género que no solo denuncia la opresión, sino que también transforme las estructuras que la perpetúan.
El feminismo sigue siendo una lucha por algo tan básico como la dignidad humana, pero al mismo tiempo tan amplio como la búsqueda de justicia y equidad en todas las esferas de la vida. Como bien mencionas, es imprescindible que esta lucha no pierda de vista su diversidad, porque solo un feminismo interseccional y global puede responder a las realidades de todas las personas, especialmente las más vulnerables.
Debo iniciar mi comentario anunciando mi posición como mujer y en ese sentido me resulta muy importante el blog de estas dos semanas, por lo que al final de este comentario dejaré una reflexión en torno a ser mujer y trabajadora de salud mental. Hoy, en el proceso cultural en el que nos encontramos resulta fundamental abordar la salud mental desde una perspectiva de género. Agradezco sin duda el poder reconocer y desafiar las estructuras patriarcales y hombre céntricas que perpetúan importantes desigualdades, reproducen dinámicas de poder y provocan sufrimiento psíquico.
ResponderEliminarEn este sentido, a partir de ahí las situaciones de vida y múltiples experiencias involucran directamente a la salud mental y por tanto a la psiquiatría. Sobre todo, porque la psiquiatria ha tendido a patologizar las respuestas de mujeres y diversidades de género frente a contextos de desigualdad, violencia, discriminación y subordinación. Por eso hoy es tan importante visibilizar, interpelar y cuestionar las causas estructurales sociales profundas de los malestares que han recibido como etiqueta un diagnóstico y tratamientos a través de medicamentos sin considerar la violencia estructural y los determinantes sociales de la salud mental.
¿Podemos hablar de un enfoque feminista sin considerar las intersecciones?, ¿cómo se entrecruzan por ejemplo; ser mujer, diversa, no hegemónica, migrante, con un diagnóstico en salud mental? Maternidades cuestionadas, opresiones terribles, en su máxima expresión el femicidio y violencia contra las mujeres y contra las diversidades de género. En este sentido Butler realiza un señalamiento muy importante y es que hay personas dignas de protección y otras personas prescindibles, algunos duelos que se pueden llorar y otros que no son validados. Hay mujeres con privilegios, igualmente oprimidas, pero menos vulnerables y mujeres sin privilegios, más oprimidas por la pobreza, xenofobia, discriminación, transfobia, entre otras situaciones que están en un estado de vulnerabilidad constante. La propuesta de Butler me hace mucho sentido, y es que a través del duelo puede haber justicia, duelos individuales, duelos colectivos. A través del duelo y creo que también se puede interpretar como duelo simbólico ante dolores por memorias colectivas, se puede hallar la resistencia, el cuidado colectivo, la solidaridad ante la lucha contra la violencia. En este sentido, este enfoque tiene todo que ver con la salud mental y psiquiatría comunitaria.
Por eso, como bien señala Climent, es fundamental que los y las profesionales de la salud mental incorporemos perspectivas de género, una mirada feminista e interseccional en nuestros pensares y quehaceres, que podamos permitirnos cuestionar, analizar y compartir opiniones. ¿Qué podemos cuestionar? Categorías diagnósticas, tratamientos basados en estereotipos de género y formas de acompañar, sesgos en la atención, la violencia implícita, la coerción, las preguntas del tipo “ y qué hiciste tú”, la perpetuación de estándares de normalidad, entre tantas otras cosas.
¿En lo concreto como se puede materializar? Hablando de la violencia estructural, realizando conversatorios, fortaleciendo redes de apoyo que favorezcan el bienestar colectivo, llevando a cabo programas de prevención, apoyo psicosocial y acompañamiento a personas sobrevivientes de violencia. Escuchar a quienes proponen nuevas formas de acompañar que no solo traten los síntomas sino que también promuevan la transformación de las condiciones estructurales que perpetúan el sufrimiento psíquico. Intentar hacerlo es mucho mejor que no hacer nada. Podemos partir por reconocer la particularidad de la experiencia de ser mujer/diversidad de género en nuestra sociedad actual.
Continúa en los comentarios:
No deja de ser desafiante la implementación de nuevas políticas de salud mental, la evolución a nuevos modelos más humanizados, más conscientes de lo ético-político que hay en esto. Como señala Butler, y es que me removió bastante es que no es solo combatir la violencia reaccionando ante asesinatos, femicidios, transfobia, sino que transformar las estructuras que normalizan y permiten que ocurran hechos como estos. La violencia no solo destruye cuerpos, sino también subjetividades, perpetúa mecanismos de opresión y desigualdad. Es necesario construir una sociedad donde el cuidado, el reconocimiento y la solidaridad.
EliminarEntonces, ¿qué responsabilidad tenemos las profesionales, les profesionales de la salud mental ante esta situación? Creo que es una muy grande, ser mujer te hace parte de la lucha, lo que vives por el hecho de ser mujer (ya seas mujer por nacimiento, por elección o por experiencia) en un contexto lleno de masculinidades hegemónicas, relaciones de poder del saber y del ser, de mansplaining, entre tantas otras cosas, nos otorga una experiencia y un entendimiento único y protagónico. Históricamente nos hemos encontrado en situación de vulnerabilidad solo por el hecho de ser mujer, nadie está obligadx a ser feminista, pero no podemos olvidar lo que se vive solo por el hecho de ser mujer. Aprovechemos estos espacios creando lugares seguros. Pondré como ejemplo una situación que vi en mi espacio de laburo. Una funcionaria le pide a una usuaria, de manera directiva que se cambiara la polera porque se le notaban los pezones por lo que estaba siendo provocativa ¿Qué conclusión se puede sacar de esto? volviendo a la pregunta de ¿Y qué hiciste tú? Como si la responsabilidad del acoso fuera de dicha mujer. Esto en aquel momento me generó bastante ruido, y hoy al teorizar veo por una parte el adoctrinamiento y por otra la perpetuación. Apuntemos a espacios donde no se cuestione la vestimenta, sino a espacios donde podamos propiciar la educación sexual integral, espacios contra el acoso, espacios que apunten a la autonomía, el fortalecimiento colectivo, despatologización y la crítica a modelos tradicionales que reproducen la violencia de género. Recordando la sociología de las ausencias y emergencias, construyamos nuevas memorias colectivas.
Carolina, agradezco tu análisis crítico a las lecturas, me pareció muy completo y que nos lleva a reflexionar y cuestionar nuestra forma de aportar en esta materia.
EliminarEstoy muy de acuerdo con lo que planteas, pero me quedo principalmente con una cosa. Lamentablemente hasta la fecha vemos una salud mental que medicaliza síntomas insertos dentro de una violencia sistemática a mujeres y población LGBTIQA+. Muchas veces en la atención de ellos/as/es se perpetúan discriminaciones históricas por las que se han levantado banderas de lucha de manera persistente. Las cifras son claras, la prevalencia de patología de salud mental en mujeres y en población LGBTIQA+, es muchísimo mayor frente a la población masculina, pero es fácil comprenderla a través del sufrimiento histórico por la discriminación histórica a la que son sometidas, y es ahí donde es fundamental nuestro rol. Más allá de medicalizar y tratar el síntoma debemos cuestionar la raíz de éste. Se debe seguir trabajando en empoderar y potenciar en los espacios que estemos insertas, un espacio seguro, y que luche de manera consistente por una equidad de género, un espacio seguro y libre de estigma y discriminación, que deje de perpetuar constructos sociales de género que perpetúan la problemática.
La educación siempre ha sido un pilar importante en muchas luchas sociopolíticas, y creo que acá no es la excepción. La globalización y redes sociales ayudan de manera constante en visibilizar las brechas que existen actualmente y propician un conocimiento universal de estas temáticas. Generando así, una sensibilización y potencian de manera constante, convertir la visibilización de violencia, en un motor de cambios. Esperemos que las futuras generaciones inclinen la balanza y generen un proceso menos discriminatorio y con un enfoque género afirmativo, pero es tarea de todas/as, caminar hacia esos espacios.
Parte 1
ResponderEliminarHola a tod@s, quiero comenzar compartiendo una reflexión personal y profesional: como mujer, madre y trabajadora, he experimentado en carne propia las múltiples exigencias que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres, y cómo estas responsabilidades, asignadas únicamente por el hecho de ser mujeres, pueden generar agotamiento, estrés y consecuencias significativas para la salud mental.
En mi práctica en APS, he atendido a una gran cantidad de mujeres enfrentadas a múltiples roles simultáneos: trabajadora, ama de casa, madre. Con frecuencia, estas exigencias se intensificaban durante momentos de transición en sus vidas, como la llegada de un hij@ (el primer hijo o un nuevo hijo ya en una familia estresada), cuando se intentaba equilibrar todas estas demandas sin una distribución equitativa. Al indagar sobre el rol que tomaban sus parejas en estas situaciones, la respuesta común era que los hombres se limitaban al papel de proveedores económicos, delegando las labores del hogar y el cuidado de los hij@s exclusivamente en sus compañeras.
En muchos casos, observé que los síntomas de estrés crónico y las problemáticas de salud mental de estas mujeres estaban directamente relacionados con esa sobrecarga. Intenté intervenir abordando estas dinámicas familiares, proponiendo una redistribución de responsabilidades, pero la mayoría de las veces estas medidas no tenían éxito, ya que los hombres no cambiaban su actitud. Como consecuencia, las mujeres solían abandonar su trabajo remunerado para enfocarse exclusivamente en las labores domésticas, perpetuando un sistema familiar rígido que les negaba autonomía. Cómo médica, esta situación me frustraba profundamente, porque era evidente que el problema iba mucho más allá de una simple intervención clínica.
Al reflexionar hoy con mayor perspectiva sobre este fenómeno, se puede ver con claridad cómo las culturas y estereotipos históricamente arraigados —centrados en la superioridad de los derechos masculinos— han perpetuado estas desigualdades. Entender el agotamiento de mis pacientes requería mirar más allá de la individualidad y considerar la carga que supone remar contra una corriente histórica que sigue, en gran medida, inalterada.
Cuando nos detenemos a analizar la historia —incluida la genealogía del feminismo—, notamos lo recientes que son algunos derechos que hoy damos por sentado, como el derecho al voto. Este avance, aunque fundamental, no ha implicado una verdadera igualdad. Si bien el modelo tradicional patriarcal ha cambiado en forma, permanece casi intacto en el fondo. En muchas familias, se sigue esperando que la mujer desempeñe múltiples roles simultáneamente, mientras que al hombre, por realizar tareas mínimas fuera de su rol de proveedor, se le felicita y exalta como si fuera algo extraordinario.
Parte 2
EliminarUna frase que me ha resonado profundamente dice lo siguiente: “Los criterios aceptados como saludables para las mujeres, que consistían en una subjetivación acorde con la feminidad tradicional, resultaban insalubres en la práctica.” Este pensamiento refleja cómo los ideales hegemónicos patriarcales han influido incluso en las disciplinas médicas y psiquiátricas, definiendo qué se entiende por “normalidad” en función de criterios construidos mayoritariamente por hombres.
Un ejemplo histórico es el concepto de “histeria”, que se utilizaba para diagnosticar a mujeres que no cumplían con los estrictos roles sociales de su época. Aunque este término ya no se utiliza, nos encontramos con conceptos similares disfrazados bajo etiquetas como “trastornos de la personalidad” o “pacientes difíciles”. Esto demuestra cómo lo que se considera “normal” o “patológico” sigue vinculado a expectativas influidas por estereotipos de género.
Además, observaciones estadísticas demuestran que la mayoría de los trastornos de salud mental tienen una mayor prevalencia en mujeres. Sin embargo, surge la interrogante: ¿cuánto de esta diferencia se debe realmente a factores biológicos, y cuánto a las distintas expectativas y reglas de conducta que se imponen culturalmente a hombres y mujeres? Es más sencillo atribuir estas diferencias a causas genéticas o biológicas, pero explorar las bases sociales, culturales y ambientales que subyacen a estos fenómenos representa un esfuerzo más desafiante, aunque también más honesto y genuino.
Esta mirada histórica y contextual nos invita a repensar las causas y soluciones de las problemáticas de salud mental en mujeres y personas de género diverso. Cuestionar las bases culturales que refuerzan estas desigualdades no solo es un ejercicio intelectual, sino una responsabilidad ética con la historia y con las generaciones futuras. Como profesionales de la salud, nuestras intervenciones deben ir más allá de tratar los síntomas: debemos buscar transformar las estructuras que los perpetúan.
Querida Javiera:
EliminarEsta reflexión que planteas es un análisis muy pertinente sobre la sobrecarga y responsabilidades que tenemos muchas mujeres en el ámbito laboral, familiar y doméstico. Con expectativas altísimas sobre “lo que debemos ser”.
Creo que es tal las expectativas de género que tenemos arraigadas, que a veces nosotras mismas nos exigimos más de lo pertinente y muchas veces más de lo física y mentalmente posible para lograr que todos nuestros roles estén al 100%. Reconozco que a veces me veo en ese escenario sin descanso alguno. Y ahí nuevamente la culpa de “dar en el gusto” al sistema patriarcal. Es muy curioso como la culpa nos persigue en todo ámbito, solo por ser mujeres.
Espero trabajemos juntas en esto, para poder así también apoyar a otras mujeres y niñas con intervenciones clínicas y comunitarias que puedan dar respuesta a este problema que es tanto estructural como social, mucho más que individual.
¡Cariños!
Estimada Javiera, muy interesante reflexión. Creo, tal como mencionas en la ultima frase de tu publicación, que tenemos un deber ético con la sociedad de cambiar estas estructuras que perpetúan los problemas de salud mental, y me gustaría agregar que debemos buscar mas aliados en esta lucha, ya que esto es algo que como sociedad esta pendiente, no solo desde salud, por lo cual abarcar desde la intersectorialidad, tanto de lo publico, privado y la sociedad.
EliminarLos textos de esta ocasión nos hablan sobre la injusticia en género, la historia del feminismo y sus olas, y la violencia de genero.
ResponderEliminarSobre el texto de Judith Butler me llama la atención la siguiente frase “Convertirse en hombre, desde esta perspectiva, consiste en ejercer el poder sobre la vida y la muerte de las mujeres; matar es la prerrogativa del hombre al que se le ha asignado un determinado tipo de masculinidad”, en cuanto a un hombre Trans, ¿este podría entonces no eludir esta fatídica forma de ejercer la violencia? O peor aún, ¿se convertirá en uno más, de la inmensa y triste lista, de los cientos de hombres que ejercen violencia sobre otros hombres en busca de dominación? Según el ultimo informe nacional de víctimas de homicidios consumados en Chile Primer semestre 2024, en cuanto a distribución por sexo, los hombres representan el 87,6% del total de homicidios, mientras que las mujeres constituyen 12,3%. Estas cifras son brutales y no busco minimizar la violencia de género, solo busco ampliar el lente con que miramos la violencia, ya que es un fenómeno mundial, con una lamentable tendencia seguir aumentando o un triste estancamiento. Debemos entonces, como sociedad, buscar una solución contras las personas violentas que matan a otros seres humanas, y contra la violencia en todo aspecto, ya que ningún genero se escapa de ella, involucrando a todos los actores e instituciones públicas y privadas, quienes enseñan, ejercen, diseñen y perpetúan las estructuras de violencia.
Respecto al texto de Licia Pagnamento, el concepto de salud-enfermedad-atención, nos llama a entender de una forma no reduccionista este proceso, el cual es un complejo proceso dinámico situado en un contexto social y temporal, que cambiara a lo largo del tiempo, dependiendo de cada sociedad. Nos lleva a reflexionar además sobre las concepciones de lo normal/anormal basado en el modelo biomédico hegemónico, donde se ejercen relaciones de poder desde los prestadores de salud y del mismo estado junto a sus lineamientos, que parecen no evolucionar igual de rápido que las sociedades y sus necesidades.
En el Blog de Cecilia Fernandez, expone como las mujeres padecen una mayor prevalencia de trastornos de salud mental relacionados a la violencia de genero. Además, habla sobre como los movimientos de mujeres y el feminismo han logrado una mayor visibilización de estos problemas, con su rol activo en la sociedad, buscando mayor equidad y justicia ante la violencia de genero.
La importante lucha del feminismo a través de la historia es destacable, y resulta hoy en día incomprensible, que permanezcan diferencias de entre hombres y mujeres en cuanto a derechos y deberes en todo sentido aplicable, desconociendo nuestra igualdad de condición de valor, en tanto como seres humanos, no existe nadie mas o menos humano que otro. En mi experiencia subjetiva y personal, he sido testigo como mujeres que son victimas de violencia de genero son quienes mas consultan por patologías de salud mental, tanto en mi experiencia como EDF y ahora en el CDT de HBLT.
Estimado colega, encontré tan acertadas sus aseveraciones, en cómo le dio un sentido a la masculinidad, inclusive introduciendo a los pacientes trans, el cómo culturalmente la historia, el pasado, genera cicatrices tan profundas que han pasado generaciones con enseñanzas ya antiguas. Otro punto a destacar es cómo citas el feminismo, no como una moda, sino más bien con la historia simbólica de lucha, de visibilización, o quizás como el género femenino de tanta opresión o castigo que comenzó a hablar, a decir qué es lo que pasa, a problematizar sus interrogantes y sus vulneraciones, de cómo la salud mental es una herramienta de un proceso curativo y sanador a algo mucho más superior. Trabajar en atención primaria, sin duda, es una buena escuela de ver la realidad, ya que quizás la condición actual de médico o médico en formación dentro de la sociedad nos deja en una situación más acomodada, con más recursos y accesos a múltiples puertas. Gracias por su comentario, colega, y a puntos tan claves para una discusión amena.
EliminarAgradezco la oportunidad de leer los textos presentados en esta instancia, pero sobre todo, la posibilidad de reflexionar sobre género y cómo la violencia estructural, sistémica y simbólica influye en la salud mental.
ResponderEliminarEn el texto de Cecilia Fernández, así como en el ejercicio profesional y en nuestra cotidianidad, podemos observar las consecuencias de la violencia estructural, establecida por la alianza entre el patriarcado y el capital, que genera, perpetúa y potencia la desigualdad a través de la asignación de roles de género. Lo femenino está fuertemente confinado al ámbito privado, donde tareas como la crianza, el cuidado y las labores domésticas no remuneradas sobrecargan y limitan a las mujeres, sosteniendo las lógicas del mercado.
La sobrecarga de estas labores, sumada a la doble presencia de mujeres que trabajan, crían y cuidan, con escasos espacios de autocuidado, es una realidad común que provoca un deterioro en la salud mental. Esta realidad no solo la vemos en la atención de muchas mujeres, sino que probablemente también la observamos en nuestra propia vida y en la de nuestras madres, tías y abuelas. Bajo la lógica del amor y el sacrificio, que no es más que patriarcado disfrazado de oveja, las mujeres se desgastan por los demás.
Pero el patriarcado no solo se sostiene en la violencia simbólica y estructural, sino también en la violencia íntima y “doméstica”. La violencia física, psicológica, sexual y económica que muchas mujeres sufren por parte de sus parejas no solo las afecta a ellas, sino también a sus familias. Les niñes que son testigos de VIF crecen con antecedentes de trauma temprano, una realidad más común de lo que nos gustaría.
Podría seguir mencionando interminables formas de violencia de género que afectan la salud mental y que vemos en la práctica clínica. Sin embargo, quiero centrarme en los aspectos ya mencionados para hablar de una paciente en la que pensé mucho durante las lecturas.
“C” es una mujer con tres hijos, sin antecedentes previos de salud mental, y sobreviviente de violencia física, psicológica y económica por parte de su expareja. Antes de escapar, recibía apoyo de la familia de él para el cuidado de sus hijos, lo que le permitía salir a trabajar, algo que disfrutaba mucho. Sin embargo, tras un episodio de violencia en el que quedó gravemente herida y su hijo de 9 años tuvo que llamar a carabineros, el agresor fue detenido solo temporalmente, por lo que ella decidió huir con sus hijos. Después de esto, quedó sin red de apoyo, desarrolló síntomas depresivos e ideación suicida ampliada.
Recuerdo lo estremecedor de su relato cuando hice su ingreso y esa mezcla de empatía y miedo que quizás otras mujeres también reconozcan, al saber que ninguna está exenta de vivir una experiencia así. Hice lo que sabemos hacer: atender sus síntomas, medicalizar la situación, aun sabiendo que ningún antidepresivo iba a solucionar realmente el problema. Y pensé en cuántas mujeres acuden en busca de ayuda y solo reciben un fármaco, en cómo a veces nos resulta más fácil obviar los antecedentes y no responder a la verdadera causa de los problemas.
EliminarEn este caso, en conjunto con el equipo hicimos algo distinto. además de iniciar tratamiento y apoyo psicológico, la contactamos con la Oficina de la Mujer, la ayudamos a activar su red de apoyo familiar y actualmente estamos en proceso de gestionar una red de cuidados para sus hijos, con el objetivo de que ella pueda volver a trabajar.
Me parece importante agregar que las acciones “adicionales” tomadas en este caso, si bien son fundamentales, no son la única forma en que, en nuestro ejercicio profesional, podemos enfrentar la violencia de género. Considero que el feminismo es un acto político y que, desde la posición de autoridad en la que la sociedad muchas veces nos coloca como médicas, es fundamental posicionarnos como médicas feministas y que posicionarlo como parte fundamental de nuestro ejercicio.
Esta postura no solo impacta en la atención, sino que también es un posicionamiento frente a una lucha que está lejos de ser concluida. Como menciona uno de los textos, “en los conflictos armados, el cuerpo de las mujeres es utilizado como botín de guerra”, lo que también se extrapola a los conflictos políticos. No solo se atacan nuestros cuerpos, sino también nuestros derechos, como se observa con el avance de ciertas ideologías (fascismo, ultraderecha), somos las mujeres y la comunidad LGBTQA+ quienes primero perdemos el terreno ganado.
Estimada compañera, comparto tu preocupación respecto a cómo los movimientos de ultraderecha y el fascismo han avanzado en contra del territorio cultural ganado por el feminismo y la comunidad LGBTQA+. Hace poco leí una noticia de cómo han aumentado los crímenes transfóbicos en los últimos años a pesar de las décadas de lucha y logros visibles de la comunidad trans. Esto me recuerda a la sensación que quedó con el rechazo de la nueva constitución. Al parecer hay más gente conservadora de la que uno cree. Tal vez, las narrativas conservadoras ofrecen una suerte de promesa de seguridad ante las incertidumbres que emanan de la vorágine de nuestros tiempos. Las intenciones de cambio cultural, al parecer, generan mayor sensación de incertidumbre. Me pregunto cómo favorecer una cultura de cambio que aborde la incertidumbre de una forma en la cual, quienes tienen miedo al cambio, no terminen parapetados en sus casas o linchando a gente en la calle. ¿Qué sacrificio implica la moderación en el cambio radical de la construcción de nuestras subjetividades? ¿Es posible impulsar este tipo de cambios moderadamente? ¿O es la moderación una suerte de trampa burocrática de la hegemonía?
EliminarEstimada Paulina:
EliminarComparto tus opiniones en este comentario. Quisiera hacer énfasis cuando señalas la sobrecarga que recae en las mujeres, sobre todo, aquellas mujeres que son madres, ya que se les exige trabajar/estudiar, ser una “excelente madre”, realizar las labores del hogar y además, ser una buena esposa/pareja/compañera. Todo este escenario se vuelve aún más hostil para aquellas mujeres que no tienen una red de apoyo efectiva y peor aún, aquellas que son víctima de violencia en todas sus expresiones. Estos factores influyen drásticamente en la salud de las mujeres, ya que aproximadamente un 70% de las mujeres padecen trastornos de salud mental, versus un 30% de los hombres.
Citando el texto de Cecilia Fernandez Lisso, el medio socio cultural delimita el proceso salud-enfermedad, lo que se espera y lo que no, y marca para la subjetividad lo que «debe hacer» una mujer para ser considerada como tal. Por ejemplo, establece el ser «buena madre, esposa, ama de casa y trabajadora» y marca qué actitudes no debe tomar para no ser considerada «loca»; en este caso, no debe manifestarse agresiva, irritable, intolerante ni poco afectiva, entre otras cosas.»
¿Cómo afecta la construcción de género en la salud mental de las mujeres? La educación de género fomenta la creencia de “ser para los otros” en las mujeres, que se sienten completadas únicamente a través de la aprobación de las personas de su entorno, lo que se llama falsa autoestima y que desemboca en una necesidad desmesurada de las demás personas. Esto trae como consecuencia que ciertas áreas se vean afectadas, tales como: falta de desarrollo de individualidad, la culpa como mecanismo por no cumplir los mandatos de género, contradicción de los distintos modelos de mujer impuestos, educación diferencial de los afectos, la idea del amor y las relaciones de pareja y la interiorización del sistema de dominación masculina y sumisión femenina y la violencia de género estructural, cultural, simbólica y directa.
Finalmente, quisiera destacar que como profesionales de salud debemos: sensibilizar sobre la violencia contra las mujeres, informarnos acerca de este problema, escuchar con empatía, proveer atención y tratamiento adecuados, conectar a las mujeres con otros servicios y denunciar la violencia contra las mujeres para su eliminación.
Me quede pensando un poco en lo que mencionas al final de tu posteo, y se me vino a la mente, con todas las obvias diferencias del caso, no es mi intención comparar, una anécdota contada por un amigo cuando estaba en un cesfam esperando ser atendido. Y es que lado de él había una chica trans a la cual la estaba llamando por su nombre de varón registrado en su carnet. Y que al levantarse la mirada de casi toda la gente era desde extrañeza a liso y llano desprecio. Esto me lleva a pensar que si estamos aún bastante lejos de que se transversalice un enfoque con perspectiva de género para mujeres en el ámbito de la salud, para la gente trans directamente estamos a años luz. Y si lo analizamos, son una de las comunidades con menor esperanza de vida existente, segun grupos activistas alrededor de los 35-40 años, al mismo tiempo que su inserción laboral es practicamente nula, teniendo que ejercer el trabajo sexual muchas veces en condiciones dificiles y acosadas por la violencia policial. Sin mencionar que muchas personas trans cargan con el lastre de la burla, maltrato y estigmatización incluso de sus círculos más cercanos como su propia familia, escuela, etc. Necesitamos un feminismo que integre la perspectiva de la disidencia sexual, y avanzar en acciones concretas para mejorar la calidad de vida de estos sectores.
EliminarMe parecieron muy interesantes los textos revisados durante estas semanas.
ResponderEliminarAl poder revisar las diferentes olas del feminismo y una mirada histórica del movimiento, se me hace imposible no pensar en lo difícil que ha sido generar cambios sociales. Se visualiza claramente la diferencia en oportunidades en ambos géneros y cómo la construcción social de éstos ha impuesto roles inamovibles e incuestionables durante muchos años. La lucha por equidad ha sido obligatoria para generar cambios en las mujeres. Es duro visualizar los derechos masculinos como algo inherente desde el nacimiento, a diferencia de los derechos en mujeres, que han tenido que ser ganados a través de luchas, cuestionados e invisibilizados históricamente. El camino avanzado es grande, y agradezco profundamente a todas esas mujeres que lucharon porque actualmente exista mayor igualdad, pero aún falta. A pesar de la evolución y modernización de la sociedad, existen hasta la fecha roles de género construidos socialmente que perpetúan una carga desigual, y por ende una mayor carga de enfermedad en la salud mental por la culpa en torno al incumplimiento de roles impuestos. La violencia que están sometidas las mujeres por las diferencias sexo-genéricas de poder que se visualizan hasta el día de hoy, son incuestionables.
Judith Butler por otra parte sigue mostrando la gran brecha que existe en relación con los géneros, pero principalmente en torno a la violencia. Hasta la fecha siguen ocurriendo femicidios en altos números. La violencia y dominación por parte del género masculino es algo que hasta la fecha se visualiza de manera persistente. Tal como comenta la autora, pareciera que hay vidas con menor importancia de ser lloradas, y pareciera que, pese a la visibilización de la violencia contra la mujer, aún está sometida a un papel sumiso, pues de lo contrario podría significar violencia e inclusive la muerte. El duelo colectivo y la violencia que se perpetúa, debe mantener el estado de alerta en la sociedad, para que juntos/as/es sigamos trabajando en educar, empoderar y erradicar la violencia contra la mujer y minorías sexuales.
Durante mi experiencia trabajando en Atención primaria en la VI región pude visualizar la perpetuación de visiones machistas en muchos de los/as pacientes que atendía, y en cómo esto aumentaba considerablemente la carga de enfermedad en salud mental. Tal como se ve en los textos y una puede visualizar en las atenciones personales, la violencia de genero perpetúa síntomas, y la medicalización de éstos, se convierte en un parche momentáneo que no soluciona la raíz del problema. Por el contrario, cronifica la situación sin un análisis crítico de la causa de la problemática. Durante el tiempo que trabajé en Codegua, pude visualizar como, en poblaciones rurales esta situación es mucho más crítica. En estos espacios, culturalmente se aceptan machismos y violencias patriarcales sin cuestionamiento. Si bien la globalización y las redes sociales aportan de manera diaria en difundir y concientizar en la problemática, es muy importante usemos nuestras diferentes plataformas, ya sea en gestión o atención, para seguir abordando este problema con una mirada crítica, e intentar empoderar y educar a la población para caminar juntos hacia espacios más equitativos y que dejen atrás espacios de violencia y desigualdad de género.
Carolina, tu comentario me dejó dándole vueltas a varias cosas. Sobre todo eso que mencionas del contexto rural… yo también hice parte de mi práctica en un sector más alejado, y me pasó que muchas veces me sentía como chocando contra una pared cuando trataba de hablar de violencia o género. No porque no existieran esas problemáticas (todo lo contrario), sino porque estaban tan naturalizadas que era difícil incluso nombrarlas.
EliminarTambién me hizo ruido lo que planteas sobre la medicalización. Me ha tocado atender mujeres con diagnósticos que parecen venir más del contexto que de algo interno, pero claro, lo que se termina tratando es “la depresión” o “la ansiedad”, y no la desigualdad o el abandono. A veces siento que como sistema estamos como tratando de apagar incendios sin preguntarnos por qué sigue habiendo fuego.
Gracias por tu reflexión
Carolina, muy certero tu comentario. Al igual que tú cuentas, la mayoría de nosotros hemos ejerciendo en espacios y contextos patriarcales y violentos hacia las mujeres. Esta violencia pareciera irse fortaleciendo, más que debilitando durante los últimos años, situación que muchas veces nos envuelve en un gran pesimismo y resignación, terminando por reducir nuestros esfuerzos hacia el cambio.
EliminarPero es precisamente en estos contextos más adversos donde debemos mantener los esfuerzos para reducir la violencia. Como bien mencionaste, empoderando, gestionando y educando, poniendo nuestro lugar y labor como médicas y psiquiatras a disposición de la población y la lucha contra la violencia patriarcal.
Esta es una labor muy dura, pero evidentemente nunca lo ha sido fácil. En momentos como este, recuerdo que la lucha feminista siempre ha sido difícil, a las sufragistas no se les dio fácil el voto, y cada uno de los derechos, con los que los hombres nacen, pero por los que las mujeres han tenido que luchar ha sido una labor compleja, cuesta arriba y con la sociedad en contra. Lo que me impulsa a mantener la postura, a pesar de que hablar de temas como género y violencia pareciera ser irrelevante, porque nunca lo han sido para una sociedad y cultura patriarcal, es que luchar contra la corriente hegemónica es lo que nos ha permitido generar cambios.
Las lecturas propuestas en esta oportunidad se articulan bien con la discusión de las semanas anteriores. Los aportes del feminismo y los estudios de género, se enmarcan en procesos de búsqueda de justicia social y respeto a los derechos humanos, desde una postura crítica, historizada y reactiva a siglos de relaciones de poder abusivas, institucionalizadas y normativas. Una mirada biopolítica de los problemas que se evidencian de estos análisis, revela las formas patriarcales de gobierno que, a través de argumentaciones biomédicas, han estructurado la sociedad al servicio del hombre en desmedro de la mujer (y diversas formas de feminidad, fluidas o no). Podremos encontrar reflejos de lo anterior en el sistema de salud, y los procesos de salud-enfermedad-atención, donde profundas desigualdades estructurales y discursos que las invisibilizan, sostienen dinámicas de poder en las que el hombre, blanco, rico, es quien se mantiene en lo alto de las jerarquías sociales.
ResponderEliminarAsí, se levantan preguntas relevantes al estudio crítico de “lo patológico”, desnaturalizando discursos hegemónicos normativos de la salud femenina y de formas fluidas de identificarse y vivir. Como destacan Cecilia Fernandez Lisso y el documento de las IX Jornadas de Sociología de UNLP, el proceso de salud-enfermedad-atención se contextualiza, no sólo biológicamente, sino que histórica, sociológica y simbólicamente. Esto quiere decir que las formas de enfermar y sanar, no son únicamente problemas del cuerpo, sino que las maneras de vivir tales procesos están influidas directamente por las narrativas que se tienen de los sujetos afectados. Por ejemplo, la narrativa de la mujer como la encargada de criar, cuidar y manejar el hogar, genera expectativas de lo que una mujer joven debería estar haciendo en su juventud; en consecuencia, la pregunta de un obstetra conservador sobre la maternidad de una joven puede generar tensiones y malestar. La misma pregunta, instalada dentro de los discursos propios y narrativas de identidad de esa joven, pueden provocar cuadros sintomáticos reactivos, presionando desde la norma lo que deberíamos ser según la sociedad. Actualmente me encuentro apoyando a una paciente cuyos grandes tormentos y rumiaciones provienen de estas narrativas: de cómo ser buena madre, de cómo no fallar como mujer. Tales discursos no son inocuos, tienen funciones que sostienen la estructura patriarcal y favorecen a la hegemonía. Por ello, es tremendamente relevante visibilizar cómo éstas narrativas influyen la construcción de nuestras subjetividades. Criticar estas narrativas y ofrecer formas alternativas de autodeterminarse, me parece un camino emancipatorio necesario para vivir en una sociedad más justa. En la misma veta, como podemos ver en las palabras de Judith Butler, existen formas de subjetividad que socialmente son vistas menos dignas de ser lloradas, defendidas o visibilizadas, como si fuesen prescindibles a la comunidad. La crítica narrativa debe incluir especialmente a aquellos grupos de personas abandonadas e ignoradas por la sociedad.
En suma, una cuestión central es la pregunta acerca de las formas de subjetividad que estamos generando en nuestra sociedad. La subjetividad masculina debe someterse al mismo análisis, ¿Qué tipo de masculinidades estamos generando?, ¿Qué tan abiertos a la deconstrucción del género estamos? Me temo que no mucho. Tengo la impresión de que se está generando un ambiente más bien conservador en el mundo, de tendencias fascistas, libertarias. Creo que, ante el miedo al caos, la gente intenta buscar la certeza en el conservadurismo; al igual que el s.XIX, los “degenerados” vuelven a presentarse como una amenaza a la moral que sostiene la trama social. Pararse desde una postura crítica me parece fundamental para un ambiente más sano y flexible, en búsqueda de autonomía y emancipación.
Felipe:
EliminarCoincido plenamente en que la salud no puede reducirse a un fenómeno meramente biológico, sino que está atravesada por determinantes históricos, simbólicos y socioculturales. Me parece crucial visibilizar estos mecanismos de opresión y dar espacio a nuevas formas de autodeterminación, donde las personas puedan construir sus identidades sin estar sujetas a presiones que las limiten o patologicen su existencia.
De la misma manera, creo que el cuestionamiento de las masculinidades es un punto central en este debate. Si bien hemos avanzado en la crítica a los modelos tradicionales de feminidad, la construcción de la masculinidad hegemónica sigue siendo un tema pendiente. La rigidez de estos modelos afecta no solo a las mujeres y disidencias, sino también a los propios hombres, que se ven atrapados en estereotipos que los alejan del autoconocimiento, la vulnerabilidad y el ejercicio de una emocionalidad plena. La falta de deconstrucción en este sentido perpetúa dinámicas de violencia, represión y desigualdad que terminan sosteniendo el mismo sistema que buscamos transformar.
Me preocupa, como bien se señala en el comentario, el clima de creciente conservadurismo a nivel mundial. Estamos en un momento en que los avances en derechos y libertades están siendo cuestionados por sectores que buscan reinstalar modelos tradicionales bajo el pretexto de restaurar el "orden" y la "moral". Esta reacción no es casual, sino una respuesta al miedo que genera el cambio en quienes han sostenido históricamente el poder. Pero precisamente por eso es más importante que nunca resistir, seguir visibilizando estas problemáticas y construir espacios donde la crítica y la emancipación sean posibles.
Saludos!!
Primero que todo, considero fundamental definir el feminismo. Según los artículos revisados, nos explican que corresponde a una teoría y a una práctica activista. El feminismo se considera una forma de ver y estar en esta vida. Además, persigue la igualdad real y formal de derechos entre mujeres y hombres. El feminismo es el movimiento político más destacado de los últimos tiempos, esto porque se trata de una teoría de la emancipación, en la medida en que es una teoría de la justicia y porque es universal, internacional, transversal a todas las personas, incluso a otros seres vivos y nuestro ecosistema.
ResponderEliminarPor otra parte, el género, es la construcción sociocultural en base a una biología, el sexo, masculino o femenino. El género se construye sobre una base biológica que invisibiliza la construcción de la desigualdad, dándole la carta de naturaleza.
La Historia de la Teoría Feminista, fue la clave para la toma de consciencia y politización de las acciones de las mujeres.
Considero importante destacar de la lectura “Una aproximación a la genealogía de los feminismos para profesionales de la salud”, los siguientes hitos:
Primera Ola: destaca que las reivindicaciones feministas se sistematizaron y politizaron en la Ilustración. Quisiera mencionar a uno de los referentes, el filósofo François Poulain de la Barre, autor de La igualdad de los sexos en 1671, así como autor de otras obras en la que aparecen ideas que orientan hacia la discriminación positiva y el derecho a la educación. A él le debemos la frase “la mente no tiene sexo”.
En esta Primera Ola, se describe que históricamente se han dejado a un lado los derechos de las mujeres, ya que tanto en la Declaración de la Independencia de EE.UU, como en la Revolución Francesa, se produjo la declaración de los derechos sólo de los hombres.
Muchas mujeres expresaron sus demandas en Los Cuadernos de Quejas, sin embargo, no fueron tomados en cuenta por la Asamblea Nacional Francesa. Es aquí donde se establecieron clubes femeninos centrados en la reivindicación política.
Segunda Ola: se establece la ley de sufragio femenino en 1917. En 1927 se igualó la edad de inicio del derecho a voto con los hombres.
He de destacar la obra de Stuart Mill y su coautora Harriet Taylor, llamado El sometimiento de la mujer, considerado un texto de referencia para feministas de todo el mundo ya que se defendían los derechos civiles de las mujeres: su educación para su independencia económica, el divorcio y el nuevo contrato matrimonial.
En esta misma época, la integración de la mujer al trabajo remunerado favorece la toma de consciencia de clase, por lo que algunas se incorporan a los socialismos, ya que los sindicatos no atendían a todas sus reivindicaciones.
En 1949, la filósofa, profesora, escritora y activista feminista francesa, Simone de Beauvoir, publica El segundo sexo, texto que fundó el Feminismo Contemporáneo dando paso a la Tercera Ola.
Tercera Ola: la obra El segundo sexo introduce de manera clara la idea de la construcción social del género, quedando ejemplificado que no se nace mujer, se llega a serlo. Además, en su obra analiza las causas y los mecanismos producidos para que las mujeres seamos consideradas inferiores.
¿Cuarta Ola? Desde 2016 han ocurrido acontecimientos que podrían fortalecer el movimiento. Las manifestaciones públicas cada vez han sido más populares y profusas, se ha visibilizado lo extendidas que están las violencias sexuales como por ejemplo #Niunamenos, #Cuéntalo, #Metoo. Si bien, en los últimos años se ha producido una aceleración de este proceso, durante décadas se han ido desenmascarando falacias patriarcales, aplicando la filosofía de la sospecha a todo el conocimiento, revisando todas las disciplinas y prácticas con perspectiva de género. Muchas teorizan sobre una Cuarta Ola, comprendiendo que se trata de un escenario de manifestaciones multitudinarias, intergeneracionales y replicadas en diversos puntos a nivel internacional, cuyo elemento central es la lucha contra la violencia sobre la mujer.
CONTINUACIÓN COMENTARIO:
ResponderEliminarRespecto al “Proceso salud-enfermedad-atención desde una perspectiva de género” se puede decir que se propone analizar determinados eventos significativos en la vida de los sujetos (paternidades, maternidades, nacimientos, abortos voluntarios, enfermedades/padecimientos) en los que se expresan procesos de desigualdad, considerando las respuestas sociales (individuales, grupales, colectivas, institucionales) que se articulan y despliegan frente a ellos. La categoría proceso salud-enfermedad realza la relación entre la salud y la enfermedad y ubica a los conjuntos sociales como objeto de reflexión.
La investigadora, médica y política, Asa Cristina Laurell, fue una de las principales referentes de esta corriente. Sostiene la necesidad de repensar el problema de la salud y la enfermedad tal como aparece definido por la perspectiva biomédica que recorta ciertos eventos de carácter biológico que se desarrollan a nivel de los individuos. Para lograrlo propone el camino de un debate de carácter epistemológico y teórico-metodológico, es decir, emplaza la necesidad de reflexionar sobre cuatro cuestiones fundamentales: las características y especificidad del objeto de estudio, la concepción de causalidad o la determinación, la elección de las categorías analíticas centrales para su abordaje y la relación sujeto-objeto en el proceso de construcción de conocimiento. Entiende la salud y enfermedad como partes de un único proceso cuyo carácter es eminentemente social e histórico. Su análisis requiere, por tanto, considerar las características de la estructura social en el que se produce y reproduce.
Respecto a “Salud Mental y Géneros” y “Por una nueva solidaridad contra la violencia” es importante considerar que según la OMS, las mujeres tienen padecimientos o trastornos de salud mental en un porcentaje mucho mayor que los hombres (70% frente a 30%) esto se expresa, por ejemplo en mayores niveles de depresiones exógenas o situacionales. La Confederación de Salud Mental España afirma que La violencia de género es ignorada como factor de riesgo de problemas de salud mental e intentos de suicidio y denuncia en su “Informe sobre el Estado de los Derechos Humanos en Salud Mental”, la vulneración sistemática de derechos fundamentales y las graves carencias en materia de atención a la salud mental. Hasta un 38% de los asesinatos de mujeres son perpetrados por un hombre, que es o ha sido su pareja. Sabemos que asesinar es un acto violento, pero ¿cómo se define esa violencia que atañe a la reproducción del terror institucionalizado? La violencia no siempre adopta la forma de un golpe, o podría ser que el golpe no sea más que un instante en la reproducción estructural y social de la violencia. Debemos impedir el golpe, pero debemos impedir también la situación estructural que posibilita ese golpe y que le proporciona una justificación tanto antes como después del hecho.
Como experiencia profesional mientras me encontraba realizando mi etapa de destinación en la comuna de Lo Prado, gran parte de la población bajo control correspondía a mujeres, de diversos rangos etarios, las cuales más del 50% había sido víctima de violencia en todas sus expresiones. Recuerdo los sentimientos de frustración que me albergaba cuando dichas mujeres realizaban la denuncia respectiva, pero al no ser apoyadas suficientemente por las autoridades, perdieron la esperanza en ser ayudadas, por lo que, al siguiente episodio de violencia, sentían que no valía la pena denunciar los actos de violencia ejercida sobre ellas.
Finalmente quisiera resaltar lo señalado en uno de los videos del material del blog respecto al rol de los gobiernos, así como de todos los que estemos interesados en erradicar la violencia contra la mujer. Debemos desafiar las normas sociales que aceptan la violencia contra las mujeres, proveer acceso a servicios de salud oportunos y de calidad, asegurar capacitación para todos los proveedores de servicios de salud, fortalecer la recolección de datos y la producción de evidencia científica.
Jessica:
EliminarMuy elocuente comentario como acostumbras. El relato de tu experiencia profesional en Lo Prado resuena bastante con lo vivido en mi caso en atención primaria en San Miguel, y al mismo tiempo también resuene con la mayoría de las realidades de este nivel de atención en el resto del pais.
Es evidente que la institucionalidad y su estructura tiene falencias tan medulares que lograr un cambio significativo en el apoyo que se brinda a las mujeres violentadas va a tomar un tiempo considerable, asumiendo que los recursos disponibles para estos cambios son limitados y su implementación enlentece el proceso. Sin embargo, justamente es el desafío de las normas la conducta contestataria que, en alguna medida, puede empezar a cimentar el camino hacia el cambio: el cuestionamiento de lo normal, de lo permitido y de lo habituado.
Mucho hay que construir en torno a lo científico, a lo sanitario, a lo político, pero el impulso sin duda debe gestarse en lo social. En la raíz.
En esta oportunidad los textos analizados no solo presentan un diagnóstico preciso de las desigualdades de género en la salud y la violencia, sino que también nos ofrecen algunos marcos conceptuales y propuestas transformadoras con las que estoy completamente de acuerdo. Creo que es fundamental reconocer que la salud, especialmente la salud mental, no puede analizarse de manera neutral o desvinculada del género, como bien señal el articulo de Pagnamento. En su estudio sobre el proceso salud-enfermedad-atención. La medicalización y los estereotipos de género han condicionado históricamente la forma en que se diagnostican y tratan los padecimientos, especialmente en mujeres y disidencias.
ResponderEliminarEl análisis de Climent Clemente sobre la genealogía de los feminismos es otro punto clave que respaldo por completo. En el ámbito de la salud, muchos profesionales aún desconocen o subestiman la influencia del pensamiento feminista en la lucha por derechos básicos, como el acceso a tratamientos adecuados y el reconocimiento de la violencia de género como un problema estructural. El hecho de comprender estas luchas históricas es esencial para una práctica ética y comprometida con la equidad.
Por otro lado, encuentro sumamente acertado el planteo de Fernández Lisso sobre la necesidad de reflexionar en torno a los sesgos de género en la salud mental. No es casual que los diagnósticos en psiquiatría hayan sido utilizados históricamente para de cierta forma (y guardando las proporciones) disciplinar a las mujeres y minimizar sus malestares bajo etiquetas como “histeria” o “trastornos emocionales”. Hoy en día, aunque los términos han cambiado, los prejuicios persisten y afectan el acceso a una atención digna y respetuosa.
Finalmente, la visión de Judith Butler sobre la construcción de una nueva solidaridad contra la violencia es, en mi opinión, una de las reflexiones más urgentes de nuestro tiempo. No se trata solo de denunciar la violencia, sino de generar espacios de resistencia y cuidado colectivo.
A modo de experiencia personal, si bien no he sido victima de las desigualdades al ser hombre, comprendo y veo a diario como mis compañeras luchan por ser visibilizadas y tener un trato equitativo.
En definitiva, todos estos textos refuerzan la necesidad de un cambio profundo en la forma en que entendemos la salud y la violencia de género. Estoy completamente a favor de estas perspectivas y considero imprescindible seguir visibilizando estas problemáticas para construir una sociedad más justa e igualitaria.
Estimado Javier,
EliminarConcuerdo con lo que mencionas en cuanto a que dentro de la práctica de la salud mental debe contemplarse una perspectiva de género, sobretodo al recordar como hace algunos años temas como la diversidad eran vistos como patológicos e incluso incluidos dentro de manuales diagnósticos/estadísticos.
Por otra parte, tambien comparto tu visión acerca de la violencia y quisiera agregar como esta inequidad histórica supone un acto violento y abusivo al cual debe ponersele un fin.
Estimado Javier, concuerdo absolutamente con tu reflexión. Considero valioso que recalques cómo la salud mental está vinculada al género y que algunos prejuicios del pasado se mantienen hasta el día de hoy. Además, es importante, como mencionas, la lucha del feminismo por lograr derechos en el ámbito de la salud, lo que ha permitido que el problema se visualice de mejor manera por el resto de la sociedad. Para complementar tu análisis, me parece importante pensar en qué cambios son factibles de implementar para reducir la desigualdad y lograr atenciones de salud más justas y equitativas. Para esto sería necesario, a mi parecer, incluir en la formación de los trabajadores de la salud y de otras áreas capacitaciones con perspectiva de género, potenciar la investigación con enfoque de género e incorporar la violencia de género como un problema de salud pública, entre otras cosas. Considero que la clave está en generar conciencia en relación a la desigualdad para lograr promover un cambio a nivel cultural.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarEn relación con la lectura de los artículos para esta sesión, considero que es fundamental tomar en cuenta las desigualdades de género en los problemas de salud. Es así como la hegemonía del modelo médico juega un papel crucial en la forma en que se construyen y definen la salud y la enfermedad. Como resultado, muchos saberes se han vuelto incuestionables, dando lugar a la medicalización, donde la medicina se expande a otras áreas del conocimiento humano y actúa como un control social. Por ejemplo, el acceso a agua potable y condiciones laborales adecuadas, que son provisionados por el Estado, influye directamente en la salud de la población.
ResponderEliminarFrente a estas desigualdades, es pertinente hablar del feminismo, que busca la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y se propone eliminar la opresión patriarcal. Primero que todo, el género se define como un constructo sociocultural basado en la biología, donde el patriarcado, como sistema de dominación masculina, sostiene la desigualdad y la invisibilización de las mujeres. Por lo tanto, considero que es necesaria una reforma profunda en nuestra sociedad para transformar este sistema que perpetúa la desigualdad de género.
Lamentablemente, la fragmentación del sistema de salud capitalista genera una visión dividida y sufriente de la salud. Esta situación agrava aún más las desigualdades: las mujeres presentan una mayor carga de patologías de salud mental (70% frente al 30% en hombres), con niveles más altos de depresión y ansiedad, influenciados por roles sociales impuestos. Además, la violencia de género y los intentos de suicidio están significativamente asociados con estas problemáticas, pero siguen siendo ignorados por las políticas de salud pública. Es preocupante que las mujeres casadas sean las más afectadas en comparación con las solteras. Por lo tanto, es crucial que nos capacitemos como profesionales de la salud mental para contribuir a la creación de políticas de igualdad que promuevan una atención equitativa.
En este contexto, destaco la importancia de la solidaridad contra la violencia. Me parece interesante lo que menciona Butler sobre cómo el lenguaje puede ser engañoso y reproducir formas de poder. De ahí que es necesario ser conscientes del uso que hacemos del lenguaje, ya que los estereotipos, como se menciona en el artículo, generan desigualdades sociales que determinan qué vidas deben ser valoradas. Esta dinámica contribuye a los femicidios, que incluyen la violencia contra mujeres trans, una manifestación extrema del dominio masculino y una forma de terrorismo. Es alarmante que esta violencia no solo se manifieste en la sociedad, sino también en instituciones como la policía. Por lo anterior, coincido con el artículo en que es necesaria una reivindicación de justicia, como lo ejemplifica el movimiento “Ni Una Menos”.
Quisiera compartir una experiencia vivida en el Cesfam Monteáguila relacionada con esta temática. Atendí a una paciente femenina que vivía en una zona rural y que, desde pequeña, había enfrentado desafíos relacionados con su género, incluyendo expectativas tradicionales que limitaban su autonomía. A pesar de esto, logró estudiar y convertirse en enfermera, pero su voz era a menudo ignorada en los entornos de salud, lo que le generaba síntomas depresivos y una sensación de invalidación y discriminación en el ámbito laboral. La jefatura, compuesta mayoritariamente por hombres, no tomaba en cuenta sus quejas. Debido a esta situación, se realizó contención emocional y se realizó derivación a psicólogo. Juntos, discutimos su caso y diseñamos estrategias de afrontamiento, así como herramientas para denunciar la situación que estaba viviendo en su entorno laboral.
Estimado Alejandro: estoy muy de acuerdo con lo que comentas sobre las desigualdades de género en los problemas de salud y la hegemonía masculina en el modelo médico. ¿Podemos ver estas desigualdades en la atención medica ?, Pues si tenemos una paciente mujer trans con neumonía versus un paciente masculino con lumbago y una mujer histriónica con crisis angustia ¿En cuál de los tres hay más rechazo? En cuál de los tres hay más comentarios discriminatorios, estigmatizadores, ¿devaluadores de su dolencia de malestar físico o mental?
EliminarCreo que es fundamental deconstruir la hegemonía masculina que ha impuesto el patriarcado, tomando a la contrahegemonía masculina, enseñando a los niños pequeños que tienen todo el derecho de sentir, de ser vulnerables emocionalmente, tener derecho a llorar, a ser sensibles, a no tener una coraza en sus sentimientos, a enseñar que el poder y el control de los seres humanos no lleva a nada bueno. educar sobre las diversidades sexuales, que son una minoría que ante todo son personas, y tiene los mismos derechos que cualquier ser humano. Lo mismo enseñar en programas educacionales de enseñanza básica, media y universitaria. Discutir estas temáticas en talleres grupales de hombres maltratadores. Creo que son posibles alternativas para tener una sociedad más inclusiva, respetuosa y empática.
Estimado Rodrigo:
ResponderEliminarMe parece interesante lo que comentas sobre todo, el tema de la hegemonía masculina a lo largo de la historia y su impacto en la salud mental, especialmente en lo que respecta a diversidad sexual e inclusión de género. Por ejemplo, mencionas lo de la cosificación de las mujeres y heterodesignación lo cual no solo afecta a la mujer sino también, perpetúan la invisibilización de las experiencias de personas LGBTQ+. Destaco la frase “La mente no tiene sexo”, ya que, nos invita a cuestionarnos sobre los constructos sociales que vinculan la salud mental con estereotipos de género tradicionales.
Dentro de lo que es el ámbito de la práctica médica, es esencial que adoptemos una perspectiva inclusiva y equitativa, reconociendo las diversas necesidades de los individuos. Últimamente considero que ha habido una creciente visibilidad de las identidades LGBTQ+ y ha sido un paso positivo, pero, aún queda mucho por hacer para garantizar una salud mental más sensible y accesible a todos. Ello debe desarrollarse en un entorno de respeto y comprensión en todos seamos beneficiados sin diferencias.
Recuerdo otra experiencia en Cesfam Monteáguila, donde me correspondió atender a un joven de la comunidad LGTBQ+ que se sentía muy aislado. Pedí ayuda al psicólogo quien tenía recientes capacitaciones en este tema y con una mirada inclusiva, abordamos su autoestima y afrontamiento del estigma en las sesiones que fuimos teniendo, con buenos resultados para él, sobre todo por el hecho de que pudo adquirir herramientas para afrontar los prejuicios sociales.
En relación a lo planteado en el texto del encabezado, no podemos dejar de tener presente que el denominado “patriarcado” -que como se indica ha influido en la “patologización de identidades y experiencias que se alejan de la norma hegemónica”- no se trataría de otra cosa que la dualidad que en varios campos, incluyendo la psiquiatría, se entiende por tipicidad-divergencia.
ResponderEliminarConviniendo en que esa norma hegemónica existe y se aplica socialmente con bastante crudeza en algunos ámbitos, también tenemos que reconocer la evolución que ha existido a lo largo de las últimas décadas en torno a corregirla. Esto ha representado una ampliación de espectro típico y, por consiguiente, una reducción de lo que se entiende por divergente, generando una sociedad que de alguna forma es más receptiva, inclusiva y tolerante.
No podemos olvidar que las “tipicidades” sociales -y también las médicas- existen para determinar puntos de lo “normal”, “esperable” o “estándar”. En nuestro propio campo tenemos claridad de que lo típico ha evolucionado con el tiempo y la banda es mucho más amplia que hace 50 años. En el plano social ha ocurrido algo similar. No hay duda que en el ámbito que hablamos -social- queda mucho por avanzar porque necesitamos encontrar un punto en el que la tolerancia y la inclusión sean superiores a la idea de divergencia, que por cierto no causa daño per sé a las personas, sino cuando esa divergencia genera rechazo o falta de oportunidades, que es el detonante del proceso salud-enfermedad-atención en tanto refleja un disvalor sobre la persona-paciente.
Es precisamente ese disvalor social el que debemos enfocarnos en corregir para sacar del proceso el elemento de enfermedad. Lograr entender como sociedad que todos somos diferentes y por tanto que en nuestra diversidad individual está nuestra riqueza es un tema que no se ha llegado a discutir largamente, pues se ha basado en medidas políticas no siempre adecuadas bajo un enfoque más pirotécnico que práctico.
Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si las medidas de “discriminación positiva” son eficientes; y eso evitando cuestionarnos si existe una discriminación que sea positiva. Nótese cómo el mismo término se contradice con la idea subyacente: discriminar es la aplicación de un arbitrio en el que no existe un motivo razonable para hacer la diferencia. Jurídicamente se ha empleado la máxima “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”, como criterio de justicia distributiva y que evita discriminar, pues el injusto ahí radicaría en tratar igual a los desiguales (en el sentido de categorías, no de personas).
Cuando aplicamos criterios de discriminación positiva, lo que hacemos es reconocer las diferencias y aplicarles una arbitrariedad contraria para corregirlas… pero seguimos en la idea de arbitrariedad, sólo que esta vez tratamos de justificar la carencia de razonabilidad. ¿Es eso una base de sociedad justa, que no reproduzca ideas patriarcales? Con eso hemos logrado la segmentación social, donde muchos -una mayoría- espera integrar una minoría con el propósito de lograr una ventaja; es decir, estamos reproduciendo el círculo, sólo que de otra forma, acaso “justificándolo” con la idea de “lo positivo”.
Creo que la reproducción del patriarcado -y con ello podemos incluir las distintas ideas de lo hegemónico y lo típico- han de corregirse con otros métodos, basados esencialmente en la inclusión. Para comprender al otro, harto que nos falta como sociedad ponernos en su lugar, compartir con los demás para conocer su realidad y de ese modo aprender y entender cómo ve su contexto. Probablemente la empatía es un mejor punto de partida de integración que el de las medidas de discriminación, pues la razonabilidad inversa tiene el efecto perverso de generar múltiples minorías, y en consecuencia un mayor factor de discriminación, donde los sujetos pueden verse afectados real o imaginariamente por una sobresegmentación social.
En esta sesión la literatura entregada sobre Géneros, diversidad sexual y salud mental podemos mencionar algunas ideas relevantes en la temática de diversidad de género que genera debate y abre a la discusión. Podemos mencionar que la salud mental se ve afectada por el género, las mujeres presentan mas tasa de trastornos mentales debido a factores sociales, culturales y de violencia estructural. Esto lo podemos ver habitualmente en nuestras pacientes mujeres que están mas expuestas a violencia de género, vulneración de derechos, maltrato, ASI, acoso sexual, lo que genera sufrimiento psíquico y riesgo suicida. No estoy diciendo que los hombres no sufran de esta violencia, pero se da en menor frecuencia, en cambio los hombres presentan más tasas de trastornos de consumo de sustancias.
ResponderEliminarLa masculinidad hegemónica genera conductas de riesgo y baja expectativa de vida, pero no los convierte en víctimas del sistema, sino en reproductores de este. Culturalmente el hombre adquiere mas masculinidad si consume más alcohol, si tiene mas encuentros sexuales, si inicia su sexualidad a temprana edad, no así en la mujer.
“Fundamentos de la masculinidad contrahegemónica: la constitución de la personalidad y la forma ideológica” de Eduardo A. Kawamura destaco lo siguiente: la masculinidad contrahegemónica no se basa en la negación o destrucción de toda identidad masculina, sino en el trabajo político, ético y subjetivo de desarticular sus bases ideológicas, permitiéndole al hombre nuevas formas de ser, aceptar a la sensibilidad afectiva como una virtud de esta generación y soltar el dominio, el poder y control de las relaciones humanas.
Marcela González y colbs, en su artículo “Diversidades sexuales y de género: Lógicas y usos en la acción pública” menciona que existe un riesgo en como se usa el concepto de diversidad sexual, ya que si bien es cierto ayuda a liberar a las personas, a veces se usa para controlar o encajar a las personas en etiquetas fijas, hechas por el estado u otras instituciones. Entonces el concepto pudiese ser mal utilizado como nueva forma de control. Además, menciona que a veces no basta con visibilizar esta diversidad, sino es acompañada por una crítica constructiva, que psicoeduque a la sociedad a realizar un cambio en mentalidad disminuyendo la marginación hacia las minorías sexuales, integrándolas como personas iguales con los mismos derechos de todos.
Las instituciones refuerzan las desigualdades de género, el estigma, la medicalización, y la falta de formación en la atención medica con enfoque de género por nuestros equipos médicos, por lo cual es clave considerar en la atención medica el género, la orientación sexual, etnia, desarrollando más empatía y respeto. El análisis del proceso salud-enfermedad-atención desde una perspectiva de género nos invita a transformar los conceptos usados por décadas anteriores en la biomedicina, que conciben la salud como un fenómeno estrictamente biológico, individual y ahistórico. Lo que se propone es entender el género como una construcción histórica que se expresa en los modos de enfermar, sanar y morir, no agregando mas variables a este análisis, sino cambiando el marco conceptual desde donde se piensa el problema.
Para finalizar las ideas principales del texto “Por una nueva solidaridad contra la violencia” de Judith Butler, destaco le femicidio como acto terrorista sexista, en donde la muerte de mujeres y personas feminizadas, incluyendo mujeres trans se entiende como una parte de la estructura de dominación masculina que busca disciplinar, someter y aterrorizar. Opino que es terrible la existencia de los femicidios actuales en nuestra sociedad, en donde las mujeres sufren a diario la violencia, viviendo en constante terror, abandonando su libertad. es por lo cual se debe insistir en cambios políticos, sanitarios, educativos, sociales en psico educar a las nuevas generaciones lo que significa la salud mental con diversidad de género, y la contrahegemonía masculina.
Me parecen relevantes los tópicos que tocas en tu comentario, por una parte tenemos que el género es una arista importante en salud mental donde visualizamos diferentes patologías y prevalencias según sexo y género, siendo las mujeres, como mencionas, las más afectadas.
EliminarCon respecto a la masculinidad hegemónica lo considero un concepto perpetuador del sistema patriarcal al cual nos vemos enfrentados hoy en día y que hay contribuir a erradicarlo. Su contraparte, la masculinidad contrahegemónica me parece una vía interesante a la cual transitar ya que como mencionas permite al hombre nuevas formas de ser, aceptando la sensibilidad afectiva como una virtud de esta generación y soltar el dominio, el poder y control de las relaciones humanas.
En relación al concepto de diversidad sexual también creo que es compleja su utilización, ya que en realidad la comunidad LGBT tiene su definición personal de género y agruparla en una clasificación más genérica (como vimos en el video donde en un estudio de 300 aprox. personas encuestas, cada una tenia su propia identificación de género) puede controlar o encajar a las personas en etiquetas fijas, utilizándose el concepto como nueva forma de control.
Respecto al tema abordado para esta semana de género, diversidad sexual y salud mental, lo considero de gran importancia para reflexionar y lograr visualizar las problemáticas vinculadas.
ResponderEliminarEn relación a la desigualdad de género que se logra evidenciar en distintas áreas de la salud, debemos hacer un análisis en relación a las políticas públicas con respecto al acceso a los servicios de salud, como la calidad de la atención recibida por hombres y mujeres.
Está claro que la forma en que la sociedad define la masculinidad y la feminidad influye directamente en cómo las personas experimentan y manejan su salud mental. Se vuelve más evidente en países de África y Medio Oriente, donde muchas veces las mujeres dependen de la autorización de un hombre para recibir atención médica, lo que limita su propia autonomía.
Sabemos que la desigualdad de género no se evidencia solo en el área de salud, sino también en el acceso a la educación, en la participación económica, entre otras. Por ejemplo, muchas mujeres suelen tener menos oportunidades laborales y enfrentan disparidades salariales, principalmente a causa de la maternidad, lo que intensifica más aún la desigualdad en otras áreas.
Hoy en día existen desigualdades de género que impactan directamente en las experiencias de salud, afectando tanto el acceso a la atención como la manera en que se diagnostican y tratan diversas condiciones de salud. Ya sabemos que las mujeres tienen mayor prevalencia de trastornos de salud mental como trastornos depresivos y ansiosos; además, la mayoría de los cuadros están asociados a violencia de género, que a la vez es un factor de riesgo importante para perjudicar la salud mental. Esta violencia muchas veces es invisibilizada, lo que lleva a fragmentar el concepto de salud, abordando principalmente los síntomas y olvidando las causas subyacentes del problema. A la vez, en el caso de los hombres, la alta prevalencia de trastornos de personalidad y consumo de sustancias se puede deber a modelos de crianza represivos, lo que lleva a que terminen siendo el género con mayor tasa de suicidios consumados.
En relación a las personas trans y no binarias, aún son una parte invisibilizada por nuestra sociedad, lo que se traduce en grandes dificultades para el acceso a salud y tratamiento adecuados en relación a sus necesidades; considero que es nuestra gran deuda actual como sociedad. Esto potencia aún más la discriminación y agrava la vulnerabilidad.
Está claro que debemos luchar para garantizar una atención en salud equitativa, sin prejuicios de género, y sensibilizar a los profesionales de la salud para eliminar sesgos en el diagnóstico y tratamiento. Educando además a los equipos de salud en la real importancia de la salud mental.
Estimada Valeria:
EliminarEstoy de acuerdo contigo en que además del género, la cultura es otro factor que interactúa en el acceso a la salud. Me pareció muy interesante tu ejemplo de que en algunas culturas la mujer debe pedir permiso al hombre para acudir a una atención médica. Lo anterior, me recuerda bastante a múltiples usuarias de nacionalidad haitiana que tuve la oportunidad de conocer en mi internado de ginecología, que debían preguntar a sus esposos si se podían someter a ciertos tratamientos, hospitalizarse, entre otros. Esto me impactó bastante, pues en ocasiones, eran decisiones de riesgo vital que la mujer no podía tomar.
Por otro lado, concuerdo en que las personas trans y de otras disidencias sexuales, también representan un segmento bastante invisibilizado en nuestra sociedad. Durante mi rotación por Psiquiatría en 7mo año, tuve la grata experiencia de conocer el policlínico con enfoque de género liderado por la Dra. Arroyo en el CDT del Barros Luco. Creo que dichas iniciativas deberían replicarse en todos los servicios de salud mental.
Las lecturas correspondiente a estas semanas han sido muy interesantes y atingentes. Me han hecho reflexionar, desde mi posición como mujer, tenemos muchos roles que cumplir, se nos exige mucho más, y tenemos que demostrar que somos competentes en todos los ámbitos, por ende, es una carga en nuestra salud mental.
ResponderEliminarDesde los inicios ha existido el patriarcado y en la actualidad, aún sigue existiendo. Debemos trabajar arduamente para que las generaciones futuras dejen de adoptar este patrón e impulsar una igualdad real.
Descubrí muchas cosas que desconocía, a medida que iba avanzando con las lecturas. Me hizo mucho sentido la desigualdad existente de género, también me llamo mucho la atención cuando Friedan, habla del malestar que no tiene nombre, en las mujeres. ahora que trabajo en Servicio de Urgencia, son varias las mujeres que consultan por este malestar y puedo profundizar y entender ese malestar.
Mariela coincido contigo en que la exigencia de rendir en todos los ámbitos recae de forma desproporcionada sobre nosotras. El malestar que mencionas, ese “sin nombre”, resuena mucho en la clínica y también en lo personal, puedo decir que muchas veces he estado en esos zapatos, qué importante poder ponerle palabras y contexto, y seguir generando espacios para visibilizarlo y transformarlo.
EliminarLas lecturas me hicieron reflexionar sobre cómo el sistema de salud a menudo no logra identificar ese malestar sin nombre que mencionas, al limitarse a lo físico. En mi experiencia trabajando en La Araucanía, observé que muchas mujeres, especialmente indígenas, acudían por síntomas vagos que en realidad reflejaban sobrecarga, angustia, violencia o aislamiento. Sin embargo, estos no encontraban un espacio ni un lenguaje adecuado dentro de la atención médica tradicional.
EliminarComo señalan los textos, la salud está profundamente moldeada por la historia, la cultura y las relaciones sociales. Por eso considero esencial adoptar una mirada que no solo escuche, sino que también comprenda el peso que muchas mujeres cargan simplemente por serlo. Estoy de acuerdo contigo en que es necesario transformar las estructuras para que las generaciones futuras no perpetúen este patrón. Pero también pienso que ese cambio comienza en lo cotidiano, en la forma en que miramos, escuchamos y acompañamos a través de nuestras prácticas diarias en salud.
Las lecturas de esta semana permiten hacer una revisión en la reproducción de violencias de género. Abordar el proceso salud-enfermedad-atención desde una perspectiva de género implica que la salud no puede desligarse de las condiciones sociales e históricas que se viven. Esto ayuda a entender los diagnósticos y mirar de forma crítica la forma en que intervenimos.
ResponderEliminarDesde la experiencia se vuelve muy común ver cómo el padecimiento de mujeres parece manifestarse más. Sin embargo, debemos analizar que muchas veces estos síntomas no son síntomas aislados, sino que son respuestas a contextos de violencia, desigualdad y exclusión.
Judith Butler, en su texto “Por una nueva solidaridad contra la violencia "se, plantea una pregunta incómoda pero urgente: ¿qué vidas se consideran dignas de ser lloradas? Esa distinción social sobre el valor de las vidas humanas no es ajena a la práctica clínica. Hay existencias que se tornan invisibles o descartables, y otras que se medicalizan para controlarlas. También me hizo mucho sentido que Butler comenta que la violencia de género no siempre se presenta como una agresión física evidente, sino que puede instaurarse como una atmósfera, y que en esa línea es importante reconocer que muchas mujeres viven en constante tensión entre sobrevivir y adaptarse a lo que socialmente se espera de ellas. En consulta, lo he visto repetirse en distintas historias: la culpa por no ser “suficientes”, la sobrecarga por los cuidados no reconocidos, la sensación de estar fallando por no ajustarse al ideal normativo de feminidad.
Como mujeres trabajadoras de la salud, no estoy ajena a estas exigencias. La tarea entre el rol profesional, familiar, académico y afectivo se vuelve muchas veces insostenible cuando no existen redes de apoyo. Esta sobrecarga, que se vive en silencio o se normaliza, puede llegar a generar un nivel de desgaste gigante.
No basta con sensibilizarnos frente a la violencia de género: es necesario que nuestras intervenciones apunten también a transformar las condiciones que la perpetúan. Esto exige un compromiso político y ético, que va desde la forma en que nombramos el malestar hasta cómo se diseñan las políticas públicas, situación que incluso yo pensaría que es una urgencia tratar.
Estimada Franzelis, me sumo a tu cometario sobre la urgencia de profundizar en cómo se diseñan las políticas públicas al respecto para evitar que las condicionantes que llevan a violencia de género no se perpetúen y agrego el valor de la prevención en ese sentido, con énfasis en medidas que resguarden el terreno ganado en equidad de género y avancen en estas directrices pero a nivel interesectorial, que es me parece lo que se necesita desde esa vereda. A sí mismo, concuerdo con tu apreciación sobre el texto de Butler, siempre muy certera su lectura social feminista, es importante considerar que ya la "atmósfera" hegemónicamente patriarcal evoca violencia socialmente aceptada en los roles normalizados que se entregan principalmente en la eterna responsabilidad de cuidado a la que son sometidas: cuidado de ancianos, postrados, psiquiatrizados o como mencionas incluso en tu caso personal la misma maternidad con sus roles impuestos en las formas de maternar actuales. Saludos.
EliminarLa temática de género, diversidad y salud mental que ordena los textos encargados para estas semanas asoman como una continuación lógica de las discusiones anteriores. En una dimensión cargada de sesgos, preconcepciones y estigmas como lo es la salud mental, el género y la diversidad sexual agregan otra capa de complejidad a un terreno de escasa fecundidad para la inclusión y el pluralismo.
ResponderEliminarEl concepto de hegemonía introduce de forma sensata la dominancia que han tenido las directrices subyugantes de género resguardadas bajo el alero social, pero además defendidas por la ciencia y el estado. Esta violencia sistemática perpetuada sobre estructuras entendidas como "incuestionables" han obstaculizado recalcitrantemente el avance del feminismo y la igualdad de derechos para las minorías, lo que doblemente aplica para aquellas poblaciones que convergen la disidencia con el padecer mental. Como bien expone el primer artículo, los sexos no poseen un sustrato biológico que justifique por si mismo las dinámicas de poder establecidas entre ellos; todo es una construcción social e histórica, y comprender este núcleo resulta vital para ampliar la discusión y generar espacios eficientes de cambio.
Climent, en su texto, presenta una atingente puesta al día conceptual y una ordenada presentación de las olas del femenismo y su desarrollo histórico. El denominador común, como es posible colegir, es que la gran preponderancia derivada de la corriente feminista es el cuestionamiento a las bases sociales y a las normas clásicas de sexualidad y reproducción.
Hasta el día de hoy es posible proyectar estas normas clásicas impuestas desde la hegemonía del capitalismo machista, encubierto, más que nunca, en las sombras de la ciencia y el estado. Y son estas últimas figuras en torno a las que tiene que surgir mayor reflexión para permearlas. Sobretodo hoy, que el clima social y político parece cada vez más polarizado, fértil por el renacer del ideario fascista y retrógrado, plasmado en el auge de nuevas corrientes totalitarias en los gobiernos de un buen puñado de países. En una menor escala, en nuestra misma práctica clínica, al habitual estigma de los diagnósticos "neuróticos" asociados de al género, se ha ido destapando nuevamente la olla de prejuicios contra las poblaciones trans y disidencias, que en algún momento vieron un aumento al acceso y aceptación y de pronto como las puertas parecen volverse a cerrar más que seguir abriéndose. Nos queda mucho por recorrer.
Concuerdo con tu opinión respecto al clima sociopolítico donde las opiniones extremas y polares reaparecen en distintas partes del mundo. Es un asunto a estar proactivos debido a que por ejemplo ponen en riesgo a distintas poblaciones como estas ultimas noticias ejecutivas de Trump respecto a atención en salud mental infantil y trans.
EliminarEntender todo esto como proceso Salud-Enfermedad-Atención es una forma interesante de plasmar una perspectiva conceptual a la que podemos entrar en reflexión con enfoque de género, en la búsqueda de comprender cómo las representaciones, prácticas sociales e interacciones de poder configuran la salud y respuestas ante sus desequilibrios considerando desigualdades sociales e históricas. Comprender el género como construcción social e histórica que influye en la salud y en el proceso de atención es fundamental, como personajes en el escenario de salud mental, porque podemos activamente llegar a visibilizar y cuestionar la desigualdad, expresada en la tradición y naturalización del rol, sobre todo aquellos que escapan de la masculinidad dominante.
ResponderEliminarEn esa crítica hace sentido destacar la hegemonía y la perspectiva biopolítica - biomédica de Foucault. Existen en nuestro rubro prácticas y valores dominantes, que no solo influyen en definir quién constituye paciente y quién no, sino también en la forma y el contenido de la intervención que podamos plantear. En paralelo a este proceso, la sociedad aprende a medicalizar aspectos de la vida humana, una tendencia a imponer un control normativo sobre la conducta y el ciclo vital. Solo por mencionar ejemplos, quizás los que más me impactan son los testimonios de víctimas de violencia de género, a quienes podemos terminar viendo como personas que luchan con una historia traumática y sus consecuencias psicológicas, es decir, llegamos a vincular la violencia de género con salud mental cuando produce consecuencias clínicas, saltándonos el rol cultural y social que forja la masculinidad que ejerce violencia, entre otros factores que pueden considerarse premórbidos.
¿Quiénes son los portadores de este poder, los perpetuadores de la actitud machista y patriarcal en la salud, los encargados de mantener en hegemonía esta perspectiva? Pienso que la respuesta está en ver quiénes se benefician de este paradigma. Los que se benefician de subordinar saberes alternativos, los que tienen en sus manos el poder de la "evidencia" y que gozan de un rol subordinador que buscan perpetuar a toda costa (la alusión al hombre blanco hetero-cis suele resonar con facilidad en estos conceptos). Considero muy importante que sepamos siempre reconocer a aquellxs que quedan atrás, mujeres, niñxs, el colectivo LGBTQI+ (al que orgullosamente pertenezco y respaldo) y disidencias que buscan su legítimo derecho a la salud y dignidad integral como personas.
Los textos de estas semanas interesan ya que continúan la temática de las desigualdades esta vez en el marco de la inequidades de genero.
ResponderEliminarEl proceso de salud-enfermedad-atención de Licia y Diana resaltan la importancia de analizar con perspectiva de genero que permite visibilizar desigualdades y entender que "lo femenino" y "lo masculino" se conforman de una construcción histórica, simbólica y social cuestionando lo "natural" para reconocer las relaciones de poder que se instituyen entre los géneros que se articulan a través de otras dimensiones como la clase, etnia, edad, etc.
La Dra Climent muestra un repaso de desarrollo histórico a través de las olas de feminismo dando énfasis a la interseccionalidad de como diferentes sistemas de opresión se entrecruzan en esta historia relatadas en las distintas olas e influencias.
Sobre eso mismo se examina como la violencia no son solo actos individuales sino que también facilita su hecho a través de sistemas institucionales que permiten el daño contra ciertas poblaciones como afirma Judith Butler. Estas contribuyen generar un ambiente social de terror, desigualdad e injusticia.
La experiencia que me viene a la mente al revisar los textos son los casos de esterilización forzada y ciertas vulneraciones a comunidades étnicas en distintas partes de la selva amazónica donde los intereses de las instituciones del estado es respetar los poderes económicos por sobre las minorías étnicas.
A principios del siglo pasado, ya ciertas tradiciones vinculadas al marxismo planteaban que la totalidad de las fuerzas productivas de la época estaban orientadas a la producción de mercancías con el objetivo de valorizar al capital, esta misma dinámica había penetrado prácticamente la totalidad de la vida cultural, política y -podríamos agregar - psicológica de las sociedades modernas. Pudiendo entender que la sociedad no solo está estructurada jerárquicamente, si no que hay diversas contradicciones que dan cuenta de esta estructuración, siendo la de capital/trabajo una de las centrales. Sin embargo, como pudimos observar en las lecturas de estas semanas, otra de las contradicciones centrales que operan sobre esta estructuración desigual y jerárquica es la patriarcal. Esto es así que desde sectores del feminismo, se ha llegado a hablar de nuestras sociedades como “patriarcados productores de mercancías”. En la historia de los feminismos, se ha discutido cuál es la relación entre capitalismo y patriarcado. Más allá de las posiciones planteadas, las cuales se aúnan fundamentalmente en las teorías unitarias que plantean que capitalismo y patriarcado son dos facetas de un único sistema de dominio y explotación, hay otras posiciones que plantean, por el contrario, que capitalismo y patriarcado son dos sistemas cons bases diferentes, pero que se articulan modificándose mutuamente. Lo importante es la conciencia de que ambas perspectivas analíticas son necesarias para poder dar cuenta de los fenómenos de dominación y explotación de nuestras sociedades contemporáneas.
ResponderEliminarComo vimos en encuentros anteriores, Foucault plantea que una de las características fundamentales de las estrategias gubernamentales modernas es la biopolítica , en donde para los estados, el control y gestión de la vida humana, tanto desde su punto de vista individual como colectiva, se ha vuelto central. Independiente de esto, Foucault no da cuenta de los motivos del “para qué“ de esta estrategia gubernamental, simplemente menciona que uno de las razones tenía que ver con la gestión de la vida humana para volverla apta y dócil para el sistema productivo moderno. A pesar de que caracteriza al poder como una red que atraviesa lo social, Foucault no logra orientar sobre puntos centrales o estratégicos ni de objetivos a esos flujos de poder. Quizás siendo conscientes de esto otros autores sostenían que la contradicción capital/trabajo y el patriarcado son dos de estos ejes estratégicamente centrales que permiten entender las múltiples estrategias de despliegue y resistencia del poder.
A principios del siglo pasado, ya ciertas tradiciones vinculadas al marxismo planteaban que la totalidad de las fuerzas productivas de la época estaban orientadas a la producción de mercancías con el objetivo de valorizar al capital, esta misma dinámica había penetrado prácticamente la totalidad de la vida cultural, política y -podríamos agregar - psicológica de las sociedades modernas. Pudiendo entender que la sociedad no solo está estructurada jerárquicamente, si no que hay diversas contradicciones que dan cuenta de esta estructuración, siendo la de capital/trabajo una de las centrales. Sin embargo, como pudimos observar en las lecturas de estas semanas, otra de las contradicciones centrales que operan sobre esta estructuración desigual y jerárquica es la patriarcal. Esto es así que desde sectores del feminismo, se ha llegado a hablar de nuestras sociedades como “patriarcados productores de mercancías”. En la historia de los feminismos, se ha discutido cuál es la relación entre capitalismo y patriarcado. Más allá de las posiciones planteadas, las cuales se aúnan fundamentalmente en las teorías unitarias que plantean que capitalismo y patriarcado son dos facetas de un único sistema de dominio y explotación, hay otras posiciones que plantean, por el contrario, que capitalismo y patriarcado son dos sistemas cons bases diferentes, pero que se articulan modificándose mutuamente. Lo importante es la conciencia de que ambas perspectivas analíticas son necesarias para poder dar cuenta de los fenómenos de dominación y explotación de nuestras sociedades contemporáneas.
EliminarComo vimos en encuentros anteriores, Foucault plantea que una de las características fundamentales de las estrategias gubernamentales modernas es la biopolítica , en donde para los estados, el control y gestión de la vida humana, tanto desde su punto de vista individual como colectiva, se ha vuelto central. Independiente de esto, Foucault no da cuenta de los motivos del “para qué“ de esta estrategia gubernamental, simplemente menciona que uno de las razones tenía que ver con la gestión de la vida humana para volverla apta y dócil para el sistema productivo moderno. A pesar de que caracteriza al poder como una red que atraviesa lo social, Foucault no logra orientar sobre puntos centrales o estratégicos ni de objetivos a esos flujos de poder. Quizás siendo conscientes de esto otros autores sostenían que la contradicción capital/trabajo y el patriarcado son dos de estos ejes estratégicamente centrales que permiten entender las múltiples estrategias de despliegue y resistencia del poder.
Dicho esto, me parece importante rescatar la noción procesual de salud-enfermedad-tratamiento, planteada por la tradición de la medicina social latinoamericana. Esta perspectiva es importante ya que permite descentrar el paradigma biomédico de su posición hegemónica en la determinación de lo que es salud y enfermedad, reintroduciendo estos fenómenos en una trama histórica, social y cultural de una sociedad determinada. De esta manera nos es más fácil comprender que salud-enfermedad no se dan por igual a través de distintos tramos etarios, entre distintas clases sociales, y entre distintos géneros. Estudios han mostrado que las mujeres son más propensas a desarrollar determinado tipo de trastornos psicológicos tales como ansiedad y depresión desde una edad de adultez temprana, como a su vez, estos fenómenos se observan con mayor preponderancia en mujeres casadas sobre las solteras. También sabemos que los casos de violencia de género suelen recaer fundamentalmente sobre mujeres y niñeces. Es por esto que la perspectiva de género es importante ya que nos permite analizar cuales son las determinaciones sociales y culturales de preponderancias como las mencionadas anteriormente. En este momento me parece importante retomar el desarrollo de la categoría de género desarrollada por el feminismo y su reinterpretación realizada por la teoría queer. El género, a diferencia del sexo anclado en lo organico de los individuos, es la manera social e historicamente determinada en que una persona se hace hombre o mujer en base a criterios e imposiciones de multiples tipo. A su vez, la teoria queer va un paso más alla y sostiene que el sexo y no solo el genero es una categoria social, no en el sentido que cree lo biologico/organico, sino que esto ultimo es leido bajo un enfoque cultural y social (un ejemplo de esto es la medida falometrica que habilita al personal medico a intervenir sobre un recien nacido con una “genitalidad ambigua”). Esto nos lleva a analizar cuales son las exigencias y mandatos que reciben las mujeres en diferentes etapas de su vida sobre cómo deberían ser y actuar si quieren ser buenas mujeres, madres, esposas, etc. Un rasgo distintivo es que el patriarcado moderno ha recluido a la mujer al ámbito de lo privado, al mismo tiempo que la ha relegado al rol del cuidado de los demás, al punto que muchos tareas y funciones del mercado laboral en las que se han insertado las mujeres en los últimos años están relacionadas con el cuidado hacia otros. Teniendo en cuenta todo esto, debemos tener, como profesionales de la salud mental, un criterio adaptativo y fluido cuando intervenimos en el proceso de salud-enfermedad-tratamiento de las mujeres debido a las especificidades propias de su rol de subalternidad en un sistema desigual regido por el machismo y el patriarcado.
EliminarPrimero me gustaría señalar en esta oportunidad, que me hace mucho sentido lo que menciona Cecilia Fernández en su artículo, cuando se refiere a la triple estigmatización a la mujer en salud mental: “ por ser mujer, por ser pobre y usuaria de salud mental” En ese sentido, es ingenuo a mi parecer no pensar en la interseccionalidad de las desigualdades como condicionantes integrados que pueden reforzar estigmas y vulnerabilidades sociales, por ejemplo si a ese mismo caso particular le sumamos ser cuidadora, de población indígena y/o minoría sexual, el sufrimiento al que probablemente pueda estar expuesta esa persona en nuestro sistema social actual, sin duda sería exponencialmente mayor.
ResponderEliminarAnte estas problemáticas, la visión tradicional de la psiquiatría clásica (vista como tecnología nuevamente) apunta con respuestas funcionalistas desde una hegemonía y biomedicina estatal que hereda su visión desde un patriarcado histórico y que como vimos en los textos y opta por la mera medicalización, la apropiación de las corporalidades y sentires ajenos y el control social, profundizando el estigma también desde la medicina. Paradigma que como nuevas generaciones con enfoque comunitario tenemos el deber de analizar y repensar desde una perspectiva crítica en pos de promover una visión de salud mental integral y con justicia social genuina.
Estoy de acuerdo con que estos cambios pasan en primera instancia por visibilizar las problemáticas de género luego también por analizar posibles alternativas de co-construcción de modelo comunitario de salud mental. En este caso particular, me parece importante no solo el autoanálisis sociológico (dícese colectivo o institucional como prestadores de salud mental), sino el repensarse individualmente desde nuestras posiciones singulares/diversas, para posicionarnos como actores que aporten desde cada vereda. Lo veo desde mi caso como hombre hetero-cisgénero de edad media, es importante repensar conscientemente mis privilegios y ayudar también a problematizarlos colectivamente, lo mínimo me parece que es respetar y ayudar a visibilizar estas injusticias, que como dije antes, y como rescato de los textos son integradas en una matriz de desigualdades estructurales interseccionales que no debieran ser reducidas o invisibilizadas como suele ocurrir, repercutiendo directamente en la salud mental de nuestra población usuaria, la que mayoritariamente está conformada por mujeres que además suelen tener alguna historia de trauma (se condice con las estadísticas españolas presentadas en la bibliografía)
(continuación) En este punto me gustaría ligar lo mencionado a los casos concreto de tantas usuarias que lamentablemente he visto transversalmente desde mi práctica profesional de pregrado, durante mi ejercicio previo a la beca y por supuesto durante este año de formación que comparten en común historias de maltrato, violencia intrafamiliar, antecedentes de abuso, trastorno de estrés postraumático, maltrato laboral, síndrome de cuidador etc. Es abrumador. Sin ir más lejos hace poco vi una usuaria con antecedentes de trauma temprano, cursando un TEPT con síntomas depresivos, en un contexto muy adverso, tras sufrir violencia física persistente por parte de su expareja, sumado al estrés laboral (quedó cesante), y manteniéndose sola al cuidado de sus dos hijas, pudimos con el equipo abordar clínicamente parte de su malestar, gestionar para que se mantenga con el apoyo multidisciplinario del centro de la mujer con quienes ya estaba en acompañamiento y quienes la ayudaron a denunciar al agresor en su oportunidad, pero pese a todo, teniendo una respuesta clínica significativa, siempre queda el sabor amargo de que en primer lugar no tendría que haber tenido que pasar por todo esto y que sin duda el abordaje clínico sintomatológico queda totalmente insuficiente, cuando conceptualmente tratamos un etiquetado diagnóstico basado en síntomas que son psicopatológicamente comprensibles por un problema que en realidad corresponde a violencia de género, lo cual subyace a un malestar social y es por tanto imprescindible rescatando a Menéndez, que situando los procesos de salud-enfermedad, deben considerar respuestas sociales.
EliminarSegún los textos analizados esta semana, la atención de salud enfrenta desafíos significativos al reproducir relaciones de poder que excluyen o ignoran experiencias particulares, especialmente las de mujeres y personas que cuestionan las normas sociales establecidas. Los documentos revisados señalan que los sistemas de salud tienden a enfocarse únicamente en los síntomas físicos, pasando por alto cómo los factores sociales, culturales y emocionales inciden en el bienestar. Esto no solo perpetúa las desigualdades, sino que genera situaciones de injusticia, afectando de manera especial a mujeres y grupos minoritarios.
ResponderEliminarUno de los textos subraya que la salud y la enfermedad son procesos sociales e históricos, en los que lo biológico no puede separarse de lo social. Se enfatiza la necesidad de reconocer que nuestra experiencia de la salud o la enfermedad está estrechamente ligada a nuestra posición social, condiciones de vida y contexto cultural. Además, se destaca cómo los roles de género, impuestos por la sociedad, influyen profundamente en la manera en que hombres y mujeres viven su salud y enfrentan la enfermedad.
En la región de La Araucanía, donde las diferencias culturales y económicas son marcadas, estas dinámicas se hacen aún más evidentes. Las mujeres indígenas enfrentan formas múltiples de discriminación, en las que se entrecruzan género, etnia y clase. La visión mapuche, de carácter comunitario y alineada con su cosmovisión, propone un enfoque integral que contrasta notablemente con la práctica médica convencional, más individualista y centrada en lo biológico, la cual a menudo no logra reconocer ni valorar estas diferencias culturales.
Durante mi experiencia en un CESFAM de La Araucanía, pude presenciar estos desafíos de primera mano. Una paciente mapuche enfrentaba obstáculos constantes debido a barreras culturales y lingüísticas, lo que me hizo evidente la necesidad de integrar una perspectiva intercultural y sensible al género en la atención médica. Es crucial avanzar hacia un sistema de salud más justo e inclusivo, que reconozca y valore plenamente las diversas realidades y necesidades de todas las personas.
Ignacio tu análisis destaca un problema central en la atención de salud: la reproducción de relaciones de poder que marginan a ciertos grupos, en especial a mujeres y personas que desafían las normas sociales. Al centrarse exclusivamente en lo biológico, los sistemas de salud ignoran factores sociales, culturales y emocionales que inciden en el bienestar, perpetuando desigualdades y generando injusticias estructurales.
EliminarEl reconocimiento de la salud como un proceso social e histórico es clave para comprender que la enfermedad no puede analizarse sin considerar la posición social, las condiciones de vida y el contexto cultural de cada persona. Los roles de género impuestos por la sociedad afectan la forma en que hombres y mujeres experimentan la salud y acceden a la atención médica.
El caso de la región de La Araucanía es un ejemplo claro de estas desigualdades, donde las mujeres indígenas enfrentan discriminación múltiple por su género, etnia y clase. La cosmovisión mapuche propone una concepción comunitaria e integral de la salud, que contrasta con el enfoque biomédico predominante. Sin embargo, este último sigue sin reconocer ni valorar adecuadamente la diversidad cultural, lo que limita la efectividad y el acceso equitativo a la atención.
La experiencia en un CESFAM de La Araucanía resalta la importancia de una perspectiva intercultural y de género en la salud. Las barreras culturales y lingüísticas dificultan la atención de pacientes indígenas, lo que evidencia la necesidad de políticas que promuevan una atención más inclusiva y sensible a las diferencias culturales. Para avanzar hacia un sistema de salud más equitativo, es fundamental reconocer y responder a estas realidades, asegurando que todas las personas sean atendidas desde un enfoque integral, respetuoso y acorde con sus contextos de vida.
Estimado Ignacio:
EliminarCoincido en que el modelo biomédico tradicional, al centrarse casi exclusivamente en lo físico, deja de lado dimensiones fundamentales del malestar, especialmente aquellas vinculadas al género, la clase y la pertenencia cultural. Las lecturas de esta semana profundizan en cómo los procesos de salud-enfermedad-atención están atravesados por relaciones de poder que definen qué experiencias se visibilizan y cuáles son patologizados o ignorados.
Tu experiencia con la paciente de etnia mapuche refleja claramente los límites del sistema actual, que muchas veces no logra dialogar con cosmovisiones distintas ni incorporar un enfoque verdaderamente intercultural. Considero urgente avanzar hacia modelos de atención que no solo incluyan estas perspectivas, sino que también desafíen activamente las lógicas patriarcales y colonialistas que siguen marcando las prácticas de salud. Llevémonos el compromiso de seguir problematizando estas cuestiones en nuestro trabajo diario y de buscar espacios para el reconocimiento de otras formas de sabiduría.
La lectura asignada para esta semana me pareció bastante relevante en nuestro quehacer, puesto que el enfoque con perspectiva de género es necesario para lograr un encuentro terapéutico mucho más asertivo y comprensivo.
ResponderEliminarRespecto al texto de la autora Viviana Pagnamento, uno de los planteamientos que más llamó mi atención, fue que el género en si mismo, es un determinante de la salud. Se analiza cómo las relaciones de poder entre mujeres y hombres impactan los procesos de salud-enfermedad-atención, visibilizando desigualdades en el acceso y la prestación de servicios médicos. Un ejemplo de ello, que me tocó vivir durante mi formación en ginecología, fueron las múltiples instancias en las que me tocó presenciar violencia obstétrica. Afortunadamente, pude notar cómo las/os matrones jóvenes eran capaces de romper con esta horrible práctica, dando una atención mucho más contenedora y comprensiva.
Lo anterior, se relaciona bastante con el concepto de biopoder planteado por Foucault, que explica cómo el poder se ejerce no solo en la esfera política, sino también en los discursos científicos y médicos, afectando las relaciones de género y dominación en la sociedad.
Respecto al texto de María Teresa Climent, me gustó bastante la reseña histórica que la autora realiza respecto al feminismo, describiéndolo en oleadas. Dentro de las figuras históricas que más llamó mi atención fue la escritora Simone de Beauvoir, quien a través de la publicación de su obra “El segundo sexo”, logró poner en tela de juicio el concepto de género, categorizándolo como un constructo social. Además, criticó la subordinación que ha sufrido la mujer a lo largo de la historia, siendo catalogadas como un “sexo débil”. Finalmente, concuerdo mucho con su propuesta de emancipación, la que se podría lograr mediante la independencia económica y la lucha colectiva.
En cuanto al artículo publicado por Cecilia Fernández, me pareció muy relevante su iniciativa de plasmar en cifras estadísticas el impacto de ser mujer. El hecho de que ser mujer sea un factor de riesgo para tener problemas de salud mental demuestra que el género si es un determinante de la salud. Un ejemplo, es que ser mujer aumenta 3 veces el riesgo de tener depresión y aumenta al doble la probabilidad de padecer ansiedad. Un ejemplo de ello, corresponde a que históricamente las mujeres han asumido el rol de cuidadoras de personas en situación de discapacidad o con trastornos de salud mental grave, lo que aumenta su riesgo de padecer depresión, síndrome del cuidador, entre otros.
Respecto a la nota realizada por el lanzamiento del nuevo libro de Judith Butler, subraya la importancia de cuestionar cómo las diferencias de clase, raza y género afectan la valoración de las vidas humanas y la respuesta a su pérdida, destacando que muchas vidas, especialmente las de mujeres y personas trans, no se consideran "llorables" o “lamentables” en una sociedad marcada por desigualdades.
Estimada Camila:
EliminarMuy de acuerdo con lo que expones, es más o menos lo mismo que destaqué en mi post. Lo que comentas respecto a tu experiencia en el area de Ginecología es una situación que ocurre en distintos centros de todo el país. Creo que da para un estudio aparte el por qué se produce la violencia obstétrica como algo transversal y que no está ligado a un género específico, pero es importante que las nuevas generaciones puedan ir rompiendo estas malas prácticas y se vayan concientizando de temas tan importantes como los que estamos estudiando hoy, entendiendo que se dan relaciones de poder que tienen un impacto brutal en la salud mental de las mujeres.
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ResponderEliminarEl tema de estas semanas ha sido sumamente interesante, ya que las lecturas elegidas nos han permitido comprender mejor el contexto histórico del movimiento feminista, el concepto de identidad de género y la relevancia de estos en la salud mental. Es crucial conocer estos conceptos por las implicancias que tienen en nuestra comprensión del bienestar y los efectos negativos que han tenido en la historia, particularmente en la salud de diversos grupos.
ResponderEliminarEn primer lugar, las lecturas nos invitan a reflexionar sobre el proceso de salud-enfermedad, destacando la importancia de considerar no solo los aspectos biológicos, sino también el contexto social e histórico en el que se desarrollan. Este enfoque nos invita a ir más allá de la teoría e incorporarlo en la práctica clínica, ya que el estrato social y el género son elementos fundamentales y determinantes en la salud de las personas. Ignorarlos, como ha ocurrido muchas veces, nos lleva a un reduccionismo biomédico que históricamente no ha logrado mejorar la salud de las poblaciones.
La problematización de las relaciones sociales de género es fundamental, pues permite cuestionar la idea de que las diferencias sexuales son naturales y universales, un pensamiento que ha sido heredado por generaciones anteriores. En este sentido, me llamó la atención el análisis sobre la hegemonía, un concepto que comúnmente asociamos con estructuras macro y lejanas, pero que en realidad está presente en cada interacción que tenemos. En los textos, se menciona el concepto de "Biopoder" de Foucault y el modelo médico hegemónico de Menéndez, lo que nos lleva a cuestionar las relaciones de poder en la práctica clínica. Muchas veces, estas dinámicas desestiman saberes y creencias que no se ajustan al "conocimiento científico" que consideramos válido, lo que afecta nuestras decisiones y relaciones con los pacientes.
Por otro lado, la visión de Conrad sobre la medicalización como forma de control social es otro tema relevante, algo que hemos discutido anteriormente en otros contextos, especialmente en la historia de la Psiquiatría.
Me pareció particularmente enriquecedor el texto de María Teresa Climent sobre el contexto histórico del feminismo. Ella detalla las diversas oleadas del movimiento, su crecimiento en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, y su expansión hacia otras partes del mundo. Además, nos recuerda que el feminismo no es un solo movimiento, sino una serie de expresiones diversas que nacen desde diferentes contextos, luchando contra el patriarcado y visibilizando las diversidades sexuales en el proceso.
Finalmente, creo que el mayor desafío que tenemos, especialmente los hombres, es comprender estos procesos y reconocer cómo influyen no solo en la sociedad y la hegemonía, sino también en nuestra práctica profesional. Es fundamental entender que estas dinámicas son determinantes en el contacto diario con los pacientes y en nuestra forma de ejercer nuestras profesiones.
Francisco, el estudio del feminismo, la identidad de género y sus implicancias en la salud mental es crucial para comprender cómo las relaciones de poder han impactado históricamente la atención en salud. Los textos revisados permiten problematizar el reduccionismo biomédico y resaltar la importancia de un enfoque integral que considere los determinantes sociales y culturales en la salud-enfermedad.
EliminarUno de los aspectos más relevantes es la influencia del género y la estratificación social en la práctica clínica. La hegemonía y el biopoder, como lo plantean Foucault y Menéndez, nos invitan a cuestionar cómo el conocimiento médico dominante puede excluir otras formas de entender la salud. En este sentido, la medicalización, abordada por Conrad, es un punto central, especialmente en psiquiatría, donde ha sido utilizada como herramienta de control social.
El análisis histórico del feminismo, como lo presenta María Teresa Climent, permite entender que no se trata de un solo movimiento, sino de una serie de luchas que han evolucionado en distintos contextos. Esto es clave para evitar una visión reduccionista y reconocer la diversidad dentro del propio feminismo, especialmente en su relación con la interseccionalidad y las luchas de las diversidades sexuales.
El desafío actual es trasladar estos conocimientos a la práctica profesional. La manera en que nos relacionamos con los pacientes está influenciada por estas estructuras, y es nuestra responsabilidad reconocerlas para evitar reproducir desigualdades. Para los hombres en particular, esto implica cuestionar privilegios y aprender a ver la salud desde una perspectiva más amplia y equitativa.
En definitiva, estos textos nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de transformar no solo nuestras concepciones teóricas, sino también nuestras acciones dentro del sistema de salud. Un cambio real implica reconocer que la salud no es solo biología, sino también historia, cultura y poder
En relación a la temática y los textos y video indicados para esta semana me parece interesante identificar las desigualdades en los eventos significativos relacionados con la salud y enfermedad que se manifiestan de diversas maneras, por ejemplo desigualdades de género donde experiencias de salud y enfermedad están influenciadas por las relaciones de poder entre géneros, particularmente en situaciones de maternidad y aborto, las mujeres enfrentan restricciones y faltas de acceso a los servicios de salud que pueden ser específicas de su género, lo que refleja un control sociocultural sobre sus cuerpos y decisiones reproductivas. También el acceso a servicios de salud es relevante ya que la prestación de servicios médicos tiende a reproducir desigualdades, ya que algunas poblaciones, especialmente las mujeres, pueden tener dificultades para acceder a atención oportuna. Esto puede llevar a que ciertas condiciones de salud se diagnostiquen y traten de manera inadecuada, perpetuando ciclos de enfermedad. Los eventos de salud y enfermedad no son solo biológicos, sino que están contextualizados en marcos sociales y simbólicos, y las expectativas sociales sobre el cuidado de la salud y el deber de las mujeres de cuidar tanto de sí mismas como de otros puede generar sobrecarga y afectar su bienestar.
ResponderEliminarPor otro lado tenemos que las desigualdades también se manifiestan a través de las influencias de la clase, etnia y edad, por ejemplo diferentes clases sociales pueden tener acceso dispar a los servicios de salud, lo cual se agudiza en poblaciones marginadas que enfrentan barreras adicionales. Esto se relaciona con cómo las instituciones de salud pueden estar diseñadas sin considerar las realidades específicas de distintos grupos.
Igualmente la medicalización puede llevar a que ciertos comportamientos o condiciones de salud sean etiquetados como problemáticos, lo que resulta en control social sobre esas prácticas. Esto ocurre en el caso de la salud mental, por ejemplo, donde ciertas manifestaciones pueden ser patologizadas de acorde a normas culturales que añaden otra capa de desigualdad.
También me parece importante mencionar como el patriarcado influye en la atención de salud mental de las mujeres pudiendo presentarse como un sistema de dominación que opone a las mujeres en una posición subordinada en diversas esferas de la vida, lo cual afecta su bienestar mental. Este sistema perpetúa la idea de que las mujeres deben cumplir roles tradicionales, lo que puede conducir a problemas de salud mental como baja autoestima, ansiedad y depresión, ya que muchas mujeres sienten la presión de ajustarse a expectativas sociales restrictivas y a menudo el sufrimiento que experimentan las mujeres no se reconoce adecuadamente en el ámbito de la salud mental. Problemas como el suicidio, el consumo de alcohol y fatiga crónica suelen ligarse a las restricciones y expectativas impuestas por el patriarcado. Estos malestares se consideran respuestas a una opresión compartida y política, al no poder realizar sus propios deseos y potenciales en una sociedad que las define en función de necesidades ajenas.
El patriarcado también influye generando una desconexión de las necesidades propias donde la construcción social del género dificulta que las mujeres reconozcan y prioricen sus propias necesidades y deseos, haciendo que en muchos casos la atención a su salud mental se enfoque en síntomas sin comprender su raíz en la opresión. Esto implica una “mistificación” donde las mujeres son llevadas a cumplir roles definidos que pueden no reflejar su verdadera identidad o necesidades.
Creo que es importante que los profesionales de salud mental, consideren el marco del patriarcado, integrando enfoques feministas que amplíen la comprensión del sufrimiento humano y buscando no solo tratar síntomas, sino también abordar las estructuras socio-políticas que generan estos problemas. Esto requiere que los terapeutas reconozcan su posición de poder y se comprometan a promover el cambio tanto a nivel personal como social.
Finalmente, en relación al video me pareció desgarradora la experiencia de violaciones y trauma en población LGBT en contexto de las guerrillas en Colombia, creo que crear instancias de reparación frente a estas situaciones es muy relevante para poder otorgarle mejor calidad de vida a las personas afectadas.
EliminarCoincido en que las desigualdades que señalas se explican mejor cuando encuadramos cada consulta dentro del proceso salud-enfermedad-atención. Desde ese prisma, las barreras de acceso en aborto, maternidad o salud mental no son fallas aisladas, sino expresiones de la hegemonía patriarcal que regula cuerpos y subjetividades: define qué se considera “problema”, quién merece cuidado y con qué urgencia. Para tensionar esa hegemonía desde la práctica clínica propongo tres frentes operativos: visibilizar la brecha, despatologizar la experiencia y coproducir el saber, por ejemplo incorporando colectivas feministas y organizaciones LGBTIQ+ en comités de calidad y elaboración de guías; así el dispositivo sanitario deja de “hablar por” y pasa a “hablar con”, desplazando el poder experto hacia una lógica de co-autoría.
EliminarEn ese sentido, nuestro trabajo terapéutico no termina al aliviar el síntoma; exige disputar las condiciones estructurales que lo generan. Solo así la atención en salud mental deja de reproducir la desigualdad y se convierte, de facto, en una práctica de justicia social y cuidado emancipador.
Los textos revisados abordan las construcciones de género y sexualidad desde perspectivas históricas, sociales y políticas, evidenciando los procesos de regulación, resistencia y transformación en torno a la identidad de género y la diversidad sexual.
ResponderEliminarEl libro Historia de lo Trans de Susan Stryker (2017) presenta un recorrido por la historia de las identidades trans, destacando cómo han sido patologizadas, marginadas y, al mismo tiempo, protagonistas de movimientos de resistencia que han cuestionado el binarismo de género y el esencialismo biológico. En la misma línea crítica, el artículo de Celia García Díaz e Isabel Jiménez Lucena analiza la figura de “la loca” en el contexto del manicomio provincial de Málaga (1920-1950), mostrando cómo la psiquiatría ha sido un instrumento de control social sobre las disidencias de género.
Por otro lado, Fundamentos de la masculinidad contrahegemónica de Eduardo Kawamura (2021) plantea una crítica al modelo hegemónico de la masculinidad, señalando cómo este se constituye ideológicamente y se reproduce en las estructuras sociales, pero también cómo emergen resistencias y alternativas que desafían este paradigma. En relación con esto, el número especial de Psicoperspectivas (2018) examina cómo la diversidad sexual y de género se entrecruza con la acción pública, problematizando las políticas de reconocimiento y su impacto en la vida de las personas LGBTIQ+.
En la actualidad, a nivel mundial, los derechos de las personas trans y de las diversidades sexuales siguen en disputa. Mientras en algunos países se han logrado avances significativos en el reconocimiento legal y social de las identidades de género (como la Ley de Autodeterminación de Género en España o el reconocimiento del género no binario en varios países), en otros se han impulsado retrocesos a través de políticas restrictivas y discursos transfóbicos, evidenciando una fuerte polarización en torno al tema.
En Chile, la situación es igualmente compleja. A pesar de avances como la Ley de Identidad de Género (2018) y el reconocimiento del matrimonio igualitario (2022), aún persisten barreras estructurales que limitan el acceso a la salud, el empleo y la educación para las personas trans y no binarias. Además, los discursos de odio y la violencia hacia la comunidad LGBTIQ+ siguen siendo una preocupación urgente. La falta de implementación efectiva de políticas públicas inclusivas, sumada a la resistencia de sectores conservadores, demuestra que la lucha por la igualdad de género y el reconocimiento de las diversidades sigue siendo un desafío vigente.
En conjunto, estos textos y el análisis de la realidad actual permiten comprender que la construcción del género no es un fenómeno estático ni meramente individual, sino un campo de disputa atravesado por relaciones de poder, discursos científicos y luchas políticas. Así, evidencian la necesidad de seguir problematizando los dispositivos de normalización que regulan las identidades y los cuerpos, promoviendo un enfoque más inclusivo y respetuoso de la diversidad.
¡Compañera Monica, me encantó tu comentario! Hiciste un análisis muy completo y preciso de los textos y de la situación actual de las personas TRANS y LGBTIQ+. Es cierto que la construcción de género y sexualidad está profundamente atravesada por luchas políticas y discursos de poder, y cómo esto se refleja en los avances y retrocesos en los derechos de estas personas. También me parece muy acertada tu reflexión sobre la situación en Chile, donde, aunque se han logrado avances, aún persisten barreras que limitan el acceso a derechos fundamentales. Coincido totalmente en la importancia de seguir cuestionando y transformando estos dispositivos de normalización para lograr una sociedad realmente inclusiva.
EliminarGracias al material administrado puedo concluir que el abordaje de la salud mental desde una perspectiva de género implica reconocer cómo las construcciones sociales del género y la diversidad sexual impactan en los procesos de salud-enfermedad-atención, condicionando el acceso a los servicios de salud y la manera en que se conceptualizan y tratan ciertos padecimientos. Desde la sociología se ha propuesto un marco teórico que analiza las relaciones de poder, la hegemonía y la medicalización como factores que perpetúan desigualdades en la atención sanitaria, lo que se refleja en la mayor prevalencia de trastornos mentales en mujeres y diversidades, muchas veces invisibilizadas por un sistema fragmentado que no responde a sus necesidades específicas. Comprender la genealogía de los feminismos nos permite a los profesionales de la salud a integrar estas perspectivas en la práctica, promoviendo una atención más equitativa y libre de sesgos. Además, la violencia de género, la discriminación y la xenofobia son expresiones de un sistema de exclusión que requiere respuestas basadas en la solidaridad y la resistencia colectiva, tal como plantea Judith Butler, quien enfatiza la interdependencia como un eje fundamental para enfrentar las opresiones sin reproducir el miedo. Así, la formación en salud mental debe incorporar una mirada crítica sobre cómo las normativas de género influyen en el bienestar psicológico y la respuesta institucional, impulsando políticas públicas que garanticen derechos y fomenten el bienestar de todas las personas, sin distinción de identidad de género u orientación sexual.
ResponderEliminarAhora recuerdo a una paciente quien por temas de confidencialidad llamaré Marte, una paciente de 42 años que llegó al consultorio derivada por su médico desde la particular. Su motivo de consulta era una ansiedad persistente que no mejoraba con la medicación (su médico ya estaba un poco cansado de ella, ella me hizo deducir que el ya no le creía nada). Durante la entrevista, habló de su insomnio, su fatiga constante y una sensación de vacío que, según ella, "no tenía razón de ser". Pero cuando exploramos su historia de vida, surgió un patrón claro: años de violencia psicológica por parte de su pareja, sumado a la carga de ser la única responsable del hogar y del cuidado de sus hijos. Lo que en un inicio parecía un trastorno de ansiedad resultó ser una manifestación de un malestar estructural vinculado a la desigualdad de género.
Esa y muchas atenciones mas me hicieron reflexionar sobre cómo la salud mental no puede separarse de las condiciones sociales y culturales que moldean la vida de una persona. Comprender los feminismos y la perspectiva de género en salud no es solo un marco teórico, sino una herramienta fundamental para interpretar el sufrimiento de quienes atendemos. Con Marta, más allá del tratamiento farmacológico, lo esencial fue validar su historia, brindarle estrategias para fortalecer su autonomía y articular una red de apoyo con el trabajador social y apoyándonos de los grupos comunitarios que teníamos en el cesfam. Ese día comprendí que, como médico de salud mental, mi rol no es solo aliviar síntomas, sino también cuestionar las estructuras que los generan. !Gracias Marta!
Al leer los textos, me quedé pensando en cómo muchas veces se nos pide “mirar con enfoque de género”, pero sin detenernos a cuestionar de verdad las estructuras que sostienen el sufrimiento de muchas mujeres y disidencias. No es solo que falten recursos o formación en salud mental, sino que muchas veces el problema es más profundo: seguimos operando desde lógicas que reproducen la desigualdad, incluso cuando decimos querer lo contrario.
ResponderEliminarEl texto de Cecilia Fernández Lisso me hizo mucho sentido cuando habla de la alianza entre patriarcado y capital, porque lo veo reflejado todo el tiempo en APS. Mujeres sobrecargadas, agotadas, llenas de culpa por no cumplir con todo. A veces vienen solo por síntomas físicos, pero detrás hay historias de violencia, de soledad, de invisibilidad. Y claro, ahí uno puede derivar, medicar, contener… pero ¿qué tanto podemos hacer si el entorno sigue siendo el mismo?
Me pareció potente también lo que plantea Climent Clemente cuando habla de la genealogía de los feminismos. Porque muchas veces se espera que sepamos de estos temas, pero sin considerar que no todas venimos de espacios donde se habló de feminismo, ni tuvimos referentes. Yo misma siento que he ido aprendiendo en la marcha, a veces desde la rabia, otras desde la vergüenza de no haber visto antes lo que ahora me parece tan evidente.
Estimada Fernanda:
EliminarResueno mucho con tu experiencia de APS. Es muchas veces difícil ver como brota tanta psicopatología que finalmente tiene su origen en relaciones y roles de género. Me quedo con la invitación de cuestionarme si la sintomatología es efectivamente algo que configure un cuadro psiquiátrico o podría estar explicado por algo más que no estoy viendo, en particular en usuarias y personas de la comunidad LGBT. Finalmente con una visión integral se pueden hacer intervenciones psicosociales que ataquen estas situaciones de violencia.
Queda muy presente cómo el proceso salud-enfermedad-atención, lejos de ser algo exclusivamente biológico o individual, está atravesado por relaciones de poder, construcciones culturales y estructuras sociales profundamente desiguales. Incluso el patriarcado influye no solo en el acceso a la atención, sino también en la manera en que se define qué es estar sano o enfermo, patologizando experiencias de quienes no encajan en la “norma”. Durante nuestra formación médica en salud mental se suele hacer gran énfasis al contexto sociocultural, pero rara vez se abordan con profundidad las desigualdades de género como factores determinantes. Lo que rescato en base a las lecturas del curso y mi propia experiencia en terreno con mujeres y personas disidentes sexuales, es que muchas veces los malestares que presentan no son solo individuales o psicológicos, sino que son respuestas a contextos violentos, de exclusión o de invisibilización sistemática.
ResponderEliminarUn caso “tipo” que suele repetirse en varias familias de nuestro país es la carga desproporcionada de roles que recae sobre las mujeres, especialmente en contextos de maternidad. Esta situación refleja lo que se plantea en los textos sobre el impacto del patriarcado en la salud mental, donde las desigualdades de género se traducen en sufrimientos psíquicos normalizados. Muchas veces las dinámicas familiares refuerzan un sistema de control social que se reproduce dentro del hogar, invisibilizando las causas estructurales del malestar. Frente a esto, coincido con que la intervención clínica se ve limitada si no se acompaña de un cuestionamiento más profundo a los modelos hegemónicos de organización familiar. No basta con atender los síntomas, sino que es necesario cuestionar las estructuras que los producen.
Considero que integrar estas miradas no solo enriquece la práctica clínica, sino que también la vuelve más justa y sensible a la realidad de los sujetos. Me llevo la idea de que hablar de salud mental con perspectiva de género no es una opción, sino una necesidad ética y política.
Al revisar la bibliografía entregada, es inevitable reconocer cómo el sistema social y cultural en el que vivimos determina no solo qué se entiende por salud mental, sino también qué experiencias se valoran o se patologizan. Se parte de la premisa de que la salud mental no se reduce a un fenómeno netamente biológico; más bien, se configura como un proceso social y simbólico, marcado por relaciones de poder, como el patriarcado y la heteronorma, que influyen en quiénes tienen acceso a cuidados, cómo se brinda la atención y cuáles identidades se ven forzadas a la marginalidad o la medicalización.
ResponderEliminarEn ese sentido, las lecturas subrayan que el patriarcado no solo ejerce poder a través de la violencia o la exclusión directa, sino que también es responsable de la reproducción de discursos que definen la “normalidad” y la “anormalidad” en materia de género y sexualidad. De esta manera, se dan pie a prácticas de discriminación y patologización frente a quienes no encajan con la norma hegemónica; por ejemplo, mujeres que se apartan de roles clásicos desde el patriarcado, o personas LGBTIQ+ que desafían la rigidez binaria hombre/mujer.
La perspectiva de género y diversidad sexual, tal como se propone en estos textos, cuestiona precisamente ese orden impuesto, mostrando que la salud mental de las mujeres y diversidades sexo-genéricas se ve erosionada por la estigmatización, la violencia y las desigualdades estructurales. Incluso esto se revela en cifras, donde las mujeres tienen padecimientos o trastornos de salud mental en un porcentaje mucho mayor que los hombres (70% mujeres, 30% hombres) .
Dentro de los textos como por ejemplo; los de García Díaz & Jiménez Lucena (2010), se observa cómo la psiquiatría reforzó estereotipos de género, al considerar “locas” a muchas mujeres o personas cuyas conductas escapaban a la idea de feminidad sumisa o heterosexualidad normativa. Ese fenómeno se extiende igualmente a otras identidades de género y orientaciones sexuales “disidentes”.
En la actualidad, autoras como Judith Butler acuñan términos como "la precarización de la vida" a la cual se responde con resistencias colectivas que apuestan por una inclusión real, por el reconocimiento pleno de derechos y por la visibilidad de identidades hasta ahora silenciadas. Esto refleja la necesidad de una solidaridad contra la violencia y la exclusión tanto de las personas trans como de las mujeres, y en general toda la diversidad sexo-genérica.
En la misma línea, Susan Stryker e investigadores de la teoría trans destacan que tanto la ley como la atención psiquiátrica deben incorporar la visión de las personas usuarias, reconociendo sus derechos y evitando reproducir discursos patológicos. La historia de lo trans (como la de otras disidencias de género) revela cómo los sistemas de exclusión se han sostenido a lo largo de los siglos, y cómo, al mismo tiempo, surgen movimientos de resistencia que resignifican lo que entendemos por salud, identidad y dignidad humana.
Finalmente, desde la perspectiva de la psiquiatría comunitaria, se demanda un modelo más integrador que implique un abordaje multidisciplinario, respeto y promoción de la autonomía de las personas, sus historias y contextos, así como una visibilización de las violencias estructurales de género, clase, etnia y diversidad sexual, que afectan no solo la etiología de los trastornos mentales sino también las trayectorias de cuidado.
Debemos quedarnos con la premisa de que la salud mental no puede desvincularse de los contextos sociopolíticos, de las desigualdades de género ni de la diversidad de orientaciones e identidades sexuales. Avanzar hacia un modelo de atención crítico, comunitario, basado en derechos humanos e inclusivo, supone reconocer el rol histórico de la psiquiatría en la exclusión de quienes no cumplieran con la norma hegemónica, a la vez que impulsa el desarrollo de prácticas centradas en el cuidado, la dignidad y la transformación social.
Los textos me tocaron de una forma personal, en la experiencia desarrollada durante mi formación como médico, como médica trabajando en APS, incluso estando en formación, inclusive iniciar un comentario como médico, siendo que mi género es como yo me identifico y según mi profesión soy médica. A veces se toman tan a la ligera los conceptos de feminismo, visibilización, identidad, hasta sexualidad. Hay un cuestionamiento continuo de cómo será la forma de educar, de no repetir patrones iatrogénicos que diferencian tanto el género y tratan de definir una superioridad, pero ¿habrá un género mejor que el otro? O simplemente será una discusión interminable, donde la historia nos hará recordar que inclusive la visibilización se logró través de movimientos sociales, que nuestros representantes políticos siguen corrientes de ideas, muchas veces dirigidos por otros. Siempre he considerado de forma plena que los niveles de superioridad muchas veces sirven para alimentar egos, hacer diferencias, pero tenemos tantas diferencias desde la infancia que en ocasiones simplemente ayuda el hacer pausa, el dejarse llevar, el redefinir cada cierto tiempo conceptos interiorizados. Creo inclusive que algunos funcionarios de salud velan por sus ideales antes que por el pensamiento de algunos pacientes o la misma proactividad en temas relevantes; para otros, generan conflicto de intereses, por ir en contra de su religión, ir contra su pensamiento político, su nivel socioeconómico e incluso su pensamiento étnico. Mi periodo de trabajo como medica fue realizado en una comuna en la zona sur de la Araucanía y es tan duro en ocasiones abrir nuevos caminos, generar conciencia, debido a un tema cultural de aceptación del machismo y diferencia de clases, es duro hacer educación y promoción, cuando no están los caminos para generar cambios, hace muy poco alguien muy cercano me comenta que en un control crónico, ella siendo mujer con un trato respetuosa, el paciente comienza a tutear y al no seguir indicaciones, ni orientaciones, este levanta la voz, ofende y agrede verbalmente, al apresurar la atención para generar el termino de consulta, este paciente joven sobre los 30 años, realiza reclamo de no recibir atención adecuada y solicitar cambio a medico hombre, al escribirlo se me vienen a la menta varias ocasiones de tolerar malas palabras de pacientes solo por disconformidad de no ser medico hombre. Al final, uno por los pasos que da se queda con lo mejor, se queda con la esperanza de que pueden haber cambios, que estos serán precedidos de pruebas y error, pero también que somos una generación de colegas que desarrollan la medicina con un enfoque comunitario e integral.
ResponderEliminarCuestiones que se me vienen a la cabeza y me inquietan al momento de escribir en este capítulo del curso: "No estoy autorizado para hablar de feminismo", esto me lo han hecho saber decenas de veces buenas amigas y compañeras. "En caso de hacerlo esto podría interpretarse como macho-explicación", pienso. Qué tengo yo que decir al respecto cuando mi única condición de desigualdad fue haber nacido pobre y latino, pero felizmente a salvo porque vivo en América del sur. Se me ocurre escribir "amén" como una innecesaria provocación. Y aún así tengo que escribir y me muero de susto. En la clase propuse hacerse algunas preguntas respecto del género que no figura cuando se habla de género, pero la respuesta fue, "deconstrúyase, renuncie a sus privilegios". ¿Qué significa eso?, ¿Qué significa eso cuando me lo dice una médica más de 10 años más joven, por ejemplo? Supongo que en este asunto me toca escuchar y no escribir. Si algún día es posible hablar de masculinidad no desde la mirada femenina y/o feminista estaré feliz de participar. En suma, le voy a pedir a mi interlocutor revisor que me crea cuando le digo que revisé el material y entiendo la relevancia de visibilizar como la práctica clínica en sus dimensiones como salud, enfermedad y atención es un proceso social, históricamente situado y profundamente atravesado por relaciones de poder, desigualdad y diferenciaciones como el género.
ResponderEliminarLos textos de estas semanas me parecieron de particular interés, ya que durante toda mi formación personal nunca tuve la oportunidad de instruirme aunque sea un poco en feminismo. Lo más probable es que no lo haya hecho por las distintas instituciones donde me formé, las cuales tenían un carácter menos humanista, y también por mi situación de ser hombre. Leer el texto de la revista átopos fue enriquecedor en la medida que da una revisión amplia del movimiento feminista y así entender el surgimiento de las distintas olas en relación a eventos históricos. Me quedo con la frase "politizando malestares, podemos dar una mejor respuesta a molestias por las que nos consultan en lugar de psicologizar o psiquiatrizar la experiencia".
ResponderEliminarEn relación a los procesos de salud-enfermedad-atención, es interesante ver cómo todo el conocimiento teórico se ha construido desde la perspectiva masculina. Como dice Climent Clemente "se ha realizado obviando a las mujeres, explicando solo la mitad de la sociedad y generalizando al resto". Esto lleva a invisibilizar aspectos claves de las personas que atendemos en nuestra cotidianeidad, ya que finalmente aplica la lógica de si no se conoce no se busca. En particular me ha pasado con una cantidad de casos considerable en mi experiencia de COSAM donde tuve la oportunidad de atender usuarias mujeres con diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista. Me parece muy interesante como el género puede incidir tanto en la práctica clínica que puede llevar a diagnósticar o no a unx usuarix. El masking es claro ejemplo del género como determinante social. Por eso me parece pertinente el formarse para obtener una perspectiva de género cada vez más adecuada y apoyarse de personas que sepan más al respecto para entregar una prestación clínica cada vez más integral.